lunes, 11 de noviembre de 2013

Marcas de la infancia



Marcas de la infancia (*)
Por Miguel J. Lares

Sobre infancias que no son precisamente un paraíso tenemos un creciente testimonio en nuestro sistema. Abuso, maltrato, primeros años de vida transcurridos en condiciones socio-ambientales precarias, forman parte de historias que estamos escuchando cada vez con más frecuencia en el consultorio, cuando antes y en ese número más bien formaban parte de la casuística hospitalaria. Tratos dispensados a los niños por parte de su familia de origen o que salen a la luz cuando los chicos son adoptados y son sus padres adoptantes los que movilizan una consulta.
En estas historias y pre-historias infantiles hay algo del orden de las marcas en el cuerpo que parece quedar siempre especialmente subrayado y por otra parte no hay infancia que no implique un cuerpo marcado.
Por lo tanto se me ocurrió que podía ser interesante acercar de un modo general alguna brevísima reflexión sobre esto de las marcas en la infancia. Para dar pie voy a compartir con ustedes una anécdota que unos años atrás alguien de mi entorno me hizo llegar en forma escrita. Esta persona, en el contexto de un viaje a una zona altiplánica, montañosa, rural y de población mayoritariamente  nativa, había observado algo que lo había impresionado particularmente.
Doy paso a lo que escribió el relator:
“Me encontraba en un sitio elevado al cual se accedía mediante un funicular. Se trataba de un cerro en cuya cima se encuentra emplazada una estatua religiosa. Recorriendo los bordes de la cima descubrí que no daba directamente a un despeñadero sino que la montaña presentaba, 4 o 5 metros más abajo, una explanada natural  que no contaba con baranda de contención. En esa especie de “balcón terraza” natural había lugareños parados y sentados que apreciaban el paisaje. Observando distraídamente a ese grupo pronto mí atención se vio captada por una muchacha y un joven que parecían ser una pareja o hermanos quizás. A su lado una niñita, que rondaría los 3 años y que indudablemente tenía relación con esa pareja,  se desplazaba libremente sobre la explanada, brincando de manera repetida, casi al borde del barranco. La escena observada me provocó intranquilidad, la cual se agudizó cuando llevando la mirada hacia los que estaban cerca de la niña constaté la absoluta indiferencia de esos personajes, quienes se suponía eran los cuidadores de la pequeña. Mi inmediata interpretación fue que la chiquita era demasiado pequeña para mensurar el riesgo que conllevaba desplazarse en ese lugar. Fue un momento difícil por la zozobra, susto y  angustia que experimenté. Sin intervenir decidí retirarme. La rápida evaluación que hice en ese momento fue que no podía calcular la consecuencia que conllevaría una intervención de mi parte en que la elevara la voz para advertir sobre lo que a mi entender representaba una situación peligrosísima para la niña ¿Y si la irrupción de un grito por parte de un personaje forastero desencadenaba la tragedia que con esa advertencia trataba de prevenirse? Esa fue la pregunta que luego pude reconstruir y que según mi interpretación estuvo en la base de mi inacción. Mi retiro de la escena, sin intervenir, no fue sencillo: supuso un considerable malestar que perduró gran parte de lo que restaba del día.”.
Aquí cierra el relato. Antes de comentar algo sobre la anécdota, abro un paréntesis para volver sobre lo que denominamos marcas de la infancia.
Indudablemente la observación y análisis que como adultos hacemos de la actividad de los niños  y el dictamen que sobre eso efectuamos está determinado por la relación que mantenemos con nuestras propias marcas de la infancia.
Esa posibilidad de lectura tiene un sustento y una consecuencia. El sustento es que leer en relación a las marcas de la infancia implica ya no estar en la infancia. La consecuencia que se vincula a ese sustento es que interpretar lo que es lúdico supone deslindar lo que es juego de los efectos producidos en un más allá del juego. Es decir, implica el reconocimiento y la implicación respecto a lo que es o no juego.
La marcación de ese deslinde entre lo que es y no es juego con la debida implicación subjetiva comienza en la pubertad. La facultad de engendramiento y embarazo, momento más lógico que biológico, señala la entrada en  el “mercado del deseo” y la posibilidad de encuentro sexual con un partenaire. En ese mercado el individuo comienza a verse y a ser visto en una dimensión en la que hay deseos, propios y de los demás, que circulan y comprometen la imagen del cuerpo. ¿Por qué la imagen del cuerpo y no meramente el cuerpo?
Porque es en y por la dimensión de la imagen donde se produce la captura sexual, es la vía de entrada.
Lo relativo a los deseos se revela en el campo de la imagen y la ubicación de la imagen se da en un campo que es el del lenguaje, lo cual posibilita una lectura. En ese sentido las marcas de la infancia, en su connotación traumática, se escriben y se leen en la adolescencia.
¿Cómo se sitúa esto de las marcas antes de la pubertad?
Hay un término, coalescencia, que es utilizado para explicar los fenómenos de soldadura, en particular de metales y en química, entre dos elementos de diferentes especies, que tienen una compatibilidad estructural y en virtud de lo cual los componentes de ambos elementos se desarrollan, uno sobre el otro, en determinadas direcciones.
Tempranamente el niño hace una coalescencia entre lo que constituye una primerísima aprehensión de su imagen y las trazas sonoras del lenguaje. La lengua en la que le han hablado deja sus impresos, impregnando al niño en palabras  habladas y escuchadas. Impregnación que se da por la vía de una abertura específica, en el orden de la imagen y que se pone en escena con quienes lo cuidan. Hay un primer retome de ese núcleo primordial en orden a dos acontecimientos estructurales que son contemporáneos: la primerísima y fugaz aprehensión de la imagen del cuerpo como gestalt y el pasaje del laleo universal al particular de una lengua. Esto constituye la marca en un estatuto particular y no cabal ya que todavía no flexiona sobre sí. La brevedad del tiempo me impide avanzar sobre la afinidad de esa marca con el campo de los números y la música.
Sobre un ejemplo sencillo que da cuenta de una marca que en la infancia no flexiona aún sobre sí, pensemos en esto: a ninguno de nosotros, al menos no a mí, se nos ocurriría responsabilizar a un niño pequeño con relación a un lapsus. No porque no podamos indicárselo, en la mayor parte de los casos eso tiene un efecto más cómico que chistoso. Pero no esperamos que el niñito se haga cargo de las consecuencias de la barra que supone un lapsus, como sí lo hacemos en un adulto.
Como decíamos esa posibilidad de flexión resulta posible a partir de la pubertad. Lo que sigue lo voy a decir también de un modo rápido e incompleto. Es a partir de la pubertad que también se hace patente, sexualidad mediante, que no hay representaciones que ubiquen de manera cabal a un hombre y a una mujer como tales. Esa carencia testimonia algo que es del orden de un vacío. A ese vacío los sujetos que ya han pasado por la pubertad le responden con una falta, la falta que si no existiera permitiría la ubicación en las diferencias sexuales. La falta circunvala el vacío permitiendo que no sea infinito. Esto de la falta circunvalando un vacío vale tanto para la sexualidad como para la muerte, de eso se trata a veces el acompañamiento que efectuamos a quien se encuentra en una labor de duelo.
En lo relativo  a la sexualidad cada cual llega al encuentro con su partenaire con ese interregno en el que se juega la dialéctica entre vacío y falta y ahí es donde se localiza la posibilidad de un hijo como producto y como resto. Y es también en esa zona parental donde se posibilitará jugar y con ello una infancia posible.
Volvamos ahora a la anécdota. Decíamos que en la delimitación de lo que es o no es juego, los adultos funcionan como sostén de un espejo en el cual alguien se reconoce como niño y ese espejo delimita una perspectiva desde la cual se produce un más allá y un más acá del juego.
La historia alude a distintas perspectivas respecto de la actividad infantil.  Lamentablemente, de los personajes que forman parte de la escena sólo contamos con el testimonio del espectador involuntario. Vamos a enfocarnos en el espejo que ese personaje testimonia cuando observa a la niñita brincando al borde del precipicio lo tomó de las tripas.  Digámoslo así: le importó, lo suficiente como para sentirse afectado, armar un relato y transmitirlo.
Si alguien dice o da a entender “me importa” ¿Dónde se sostiene el me? Ese “me” es subsidiario de la relación que cada uno de nosotros mantenemos con nuestra propia imagen. Relación que, como decíamos, reviste su complejidad.
Y por otro lado sentimos cierta empatía con la reacción del espectador angustiado. Aunque parece que fuera de suyo, bien vale reflexionar por qué. Esa zona compartida del espectador angustiado, el consenso y la comprensión respecto del significado del suceso y de la reacción concomitante sitúa a  todos aquellos que coinciden en una masa. Por ejemplo la masa de todos quienes consideramos que la infancia es menester que transcurra en una dimensión que no sea la del precipicio. Pero atención que en este caso, otros pueden constituir una masa en la que coinciden respecto a que esa zona es una en la que transcurre la vida  infantil. Bien podría ser que la gente de ese lugar montañoso considere habilitada esa zona como una lúdica para los pequeños de 3 años. Quizás se les supone una relación con el espejo como aquella que se le podría atribuir a un cachorro que forma parte del paisaje o se les concede un saber transmitido ancestralmente. No lo sabemos, pero tratándose de lo que podría denominarse una región pre-industrial yo al menos, no me precipitaría en un juicio sobre la impasividad de la pareja que estaba al lado de la nena.
De la pertenencia e identificación con una masa veníamos hablando y en algún sentido la necesaria inclusión en un universo masificado parece que fuera a la vida adulta lo que es el juego a la infancia: produce una delimitación y opera como barrera, tiene una función apaciguadora,  protectora. Pero así como en el juego, aunque con consecuencias distintas, queda demarcado un más allá. En el más allá de ese universo colectivo se sitúa la extracción de la masa ¿Qué es lo que a alguien puede sustraerlo de la masa? Un síntoma. No sólo eso por supuesto pero vayamos por esa vía de destino.
Bien puede ocurrir por ejemplo que la afectación de nuestro relator derive en un síntoma de vértigo, en diversas situaciones que pueden incluir o no la altura o pánico cuando si se está cerca de un lugar que por su nombre tiene alguna conexión asociativa con aquél en que transcurrió lo presenciado.
¿Qué ocurre entonces? En tanto afectado por un síntoma, el personaje de la lícita preocupación compartida, queda extraído de la masa y pasa a estar afectado de un modo en el cual el universo colectivo deja de ser una referencia eficaz.  El síntoma, que por definición no podría ser colectivo, revela que el “me importa” que antes había encontrado eco y hasta un cierto alivio en un “nos importa” se manifiesta ahora en otra dimensión en la que vértigo y pánico han tomado la palabra sustrayendo al afectado del universo masificado.
Nos estamos refiriendo a una vía sintomática pero la estructura de esa extracción es posible encontrarla en varios órdenes que aluden todos ellos (aunque de modo diferencial cada uno) a la función paterna. Sólo algunos ejemplos que no son exhaustivos. En el plano mítico y lírico se encuentra en la base del nacimiento de la tragedia cuando un individuo que formaba parte del coro primordial, se sustrae de esa escena para asumir la voz del héroe trágico. También se corrobora en el momento de la infancia en que el grupo de pares comienza a convalidar comportamiento normativos que su vez delimitan quien está dentro o fuera del grupo y eso sin desmedro de que sus integrantes vivan experiencias íntimas en sus fantasías. O sea, es posible jugar a la aventura de héroes con los otros y también imaginar que se es un héroe para los padres u otros personajes significativos.
Luego, en la pubertad y tal como lo veníamos señalando, la experiencia de la fantasía íntima toma otro giro en la medida que ya es posible el desencadenamiento de eventos en un más allá de la escena lúdica o fantasiosa. En ese linaje se sitúa la posibilidad de construcción de un síntoma. La extracción del universo masificado por vía sintomática revela el campo de una diferencia en un sesgo irreductible.
La escena de la nenita en el borde del precipicio bien puede ilustrar o ponerse en correspondencia con escenas que escuchamos en las consultas por los niños.
Y resulta interesante advertir que aquellas escenas sobre las cuales se experimenta  la mayor ajenidad o que alertan los prejuicios más encendidos, es donde más advertidos deberíamos estar sobre el índice que eso representa sobre las propias marcas de la infancia en su relación con los objetos de goce parental. Objetos en los cuales seguramente hemos sido retenidos y con los cuales pudimos oportunamente en la infancia armar un juego o bien, post-pubertad mediante, retomarlos activamente en un análisis.

(*) Ponencia presentada el 9 de noviembre de 2013 en el Salón Golden Horn del Hotel Sheraton, en el marco de la XV Jornada de la Fundación Prosam, Buenos Aires, Argentina.

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