miércoles, 31 de julio de 2013

Complejo de Edipo



Complejo de Edipo

por Miguel Lares


 
   Aunque recordarlo resulte una obviedad, el advenimiento a la condición humana supone un pasaje por la primera infancia.
Las marcas de ese tránsito no sólo están señaladas por los recuerdos biográficos que alguien pueda narrar.
Desde la aparición del psicoanálisis y particularmente en la sesión analítica, las trazas del  pasaje por la infancia se revelan en aquello que Freud denominó formaciones del inconsciente: sueños, lapsus, chistes, actos fallidos, en la vía de la psicopatología de la vida cotidiana. O los síntomas, en el sesgo mórbido.
El inconsciente revela que algo se encuentra en falta y que esa falta es efecto de la amnesia que ha recaído sobre los deseos infantiles reprimidos; deseos que corresponden a lo que Freud  caracteriza como el período sexual de la primera infancia.
¿Hacia quienes han estado orientados esos deseos sexuales infantiles?
Hacia aquellos que de manera significativa han intervenido en el pasaje del sujeto por la primera infancia, pasaje crucial en tanto posibilita la relación con el lenguaje y por ende con la cultura.

Seguramente por constituir una situación excepcional, no suele recordarse más a menudo que para la adquisición de la lengua materna  hay una prescripción que se ubica alrededor de los 6 años. Si hasta ese momento el sujeto no ha tenido contacto con la lengua materna, ya no cuenta con posibilidades de adquirirla. Cuestión que marca un campo de problemas diferentes con los que, por ejemplo, se derivan del analfabetismo.

El entramado particular que vincula la función de los padres con el período sexual de la primera infancia, se encuentra aludido en lo que clásicamente se conoce como el complejo de Edipo.
En los primeros meses del año 1924, Freud escribe “El sepultamiento del complejo de Edipo”.
Este artículo reclama un especial interés ya que en él Freud hace hincapié por primera vez en el diferente decurso que la sexualidad toma según se trate del niño o de la niña.
La primera frase del escrito freudiano subraya el papel clave del complejo de Edipo en la escena infantil: “el complejo de Edipo revela cada vez más su significación como fenómeno central del período sexual de la primera infancia”.
Años más tarde (1957) en el seminario Las formaciones del inconsciente, Jacques Lacan efectuaba este particular comentario sobre el mismo tema:El complejo de Edipo no es tan sólo una catástrofe, porque es el fundamento de nuestra relación con la cultura.”
Es un hecho que los mortales (categoría que excluye a los animales(*)) advienen a un mundo en el que gobierna la palabra. La palabra impone por sí misma una estructura que determina que en el sujeto hablante, la cuestión de sus relaciones con lo que dice suponen necesariamente un tercero. Si alguien dice algo, no puede decir al mismo tiempo su relación con lo que dice.
Una estructura es un orden constituido por elementos discretos que mantienen una relación entre sí. Esa relación de oposición define el valor y la función de cada uno de esos elementos.
Asimismo una estructura al instituirse como tal recorta algo que no está estructurado. Por lo tanto la constitución de una estructura instituye al mismo tiempo lo que está en falta en ella.
Esta condición de la estructura (la de constituirse en una relación de exclusión con lo que está en falta) se encuentra en consonancia con una definición del significante que la obra lacaniana se encarga de  enfatizar en distintos momentos de su desarrollo: “El significante, es lo que representa a un sujeto para otro significante”.
El significante no puede significarse a sí mismo y lo que define su función es ser lo que los otros no son, es no ser sino diferencia.
Todo estudio serio sobre la primera infancia debería considerar la importancia de abrevar en esta definición del significante ya que lo que en nuestra cultura conocemos como madre y padre representan una función inscrita en un orden simbólico; de tal inscripción, que es significante, resulta la encarnación en los vivientes que, por su función, se conocen como padre y madre.
 (*)  “Ser inmortal es baladí; menos el hombre todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte” J.L.Borges “El inmortal”
No resulta relevante considerar a padre y madre tan solo como personas con las que eventualmente los individuos tienen una relación significativa desde su nacimiento y durante un período significativo de sus vidas.
Primordialmente, padre y madre, son significantes y únicamente desde esa inscripción en un orden simbólico resulta  posible algún esclarecimiento sobre las funciones de las que están atribuidos.

No está exento de complejidad determinar el proceso por el cual los vivientes encarnan una función simbólica, en este caso la parental.
Del padre siempre se duda, esto circula como una especie de chiste en el acervo popular, pero tampoco resulta sencillo definir a la madre ya que desde el punto de vista del embarazo, las estructuras embrionarias y fetales (cuyas envolturas están en relación con aquellas del huevo que se conoce como placenta) diseñan una morfología muy particular respecto a la comunicación exterior-interior.
Complicación ésta, la de definir a la madre, que en la actualidad ha alcanzado una dimensión  in si tenemos en cuenta las posibilidades de implantar el óvulo (fecundado) de una mujer en el útero de otra.

En la dialéctica de los significantes parentales y en una primigenia versión de la dimensión simbólica, la madre representa el significante primordial.
En la dialéctica de esta primera etapa encontramos al niño en una particular dependencia no de la madre, tal como el sentido común lo indica, sino del deseo de la madre.
¿Por qué caracterizar a la madre como deseante?
Que haya un deseo de la madre implica, entre otras cosas, que la madre no es un animal, sino que forma parte, como hablante, de un mundo simbólico.
Esta pertenencia marca una sujeción y una relación con algo que está en falta. En tanto desea hay ahí señalada una incógnita. Si lo pensáramos en términos de una ecuación llamaríamos X a esa incógnita.
En las idas y venidas de la madre, y porque la madre no es ubicua (como se diría de Dios), el niño tiene desde el origen una aprehensión de la vinculación del deseo materno con esa X y bajo la forma del par opuesto presencia-ausencia.
Este esbozo de subjetivación establece a la madre como ese significante que puede estar o no estar, abriéndole al niño la dimensión de algo distinto que la madre puede desear en el plano imaginario.
Si en el plano imaginario hay un deseo, se deduce entonces que en lo que atañe a la imagen hay algo que se encuentra en falta.
Los bebés entran  en ese orden de la imagen por la vía de esa abertura específica de la relación imaginaria con quien representa la dimensión simbólica (la madre) y en los términos radicales de la oposición significante que señalamos (presencia y ausencia).
Esta dialéctica especular (aquella del estadio del espejo antes del primer año de vida) implica que la posibilidad de los bebés de efectuar un movimiento que va de la imagen que descubren en el espejo hacia quien los sostiene, está sustentada en que la imagen no es toda, porque si fuera toda el niñito quedaría capturado, sin posibilidades de extractarse de ella.
Ese “no es  toda” refiere a que ese presunto capricho materno, del ir y venir, está marcado desde el origen por un más allá de la madre (la X de su deseo).

Por eso decíamos que desde el principio la dependencia del deseo de la madre se encuentra desprendida de la simple vivencia de esa dependencia, haciendo que su deseo dependa del deseo de la madre y no de la madre misma, como viviente que encarna.
El cuerpo de la madre es entonces un cuerpo deseante  y por ende (como ocurre con todos los mortales) no encarna un cuerpo natural; está en relación a un orden simbólico, es un cuerpo marcado por la sexualidad y por la muerte.
¿Cómo se conjuga esto con que aún así la madre en cierto  tiempo lógico, encarna la representación de una dimensión primordial?
En la obra de Lacan uno de los modos en que esto se plantea es con relación a la teoría de los conjuntos: la inexistencia de la clase de los conjuntos que se contienen a sí mismos.
No hay ningún modo de inscribir en un conjunto ese algo que se podría extraer de él designándolo como el conjunto de los elementos que se contienen a sí mismos.
Que la dimensión que encarna la madre tenga una falla o un vicio estructural, se refiere a
una  falla en el saber (1). Esa falla en el saber se vincula con la falta de un significante que pudiera ubicar los términos hombre y mujer, con la falta de un lazo significante que pudiera hacer de ellos Uno.
Aquí se produce un giro en el campo del Edipo. En tanto la dimensión simbólica (o universo del discurso) no es un universo cerrado y unificado, hay una falta que se articula con una demanda. Demanda de lo que le falta a la mamá, representante de ese orden que la trasciende, demanda de lo que esa dimensión desea.
Recordemos que veníamos de comentar que para el niñito en la dialéctica especular quedaba anotado  que el deseo de la madre estaba en relación a una X,  una incógnita que se presenta bajo la forma presencia-ausencia, por lo que su deseo (el del bebé) tomaba como objeto el deseo de la mamá.

Recapitulemos. En la lógica de la constitución subjetiva ubicamos algo que atañe a la imagen, lo que supone un marco y por ende, algo que queda por fuera de él.
Lo que ordena ese campo imaginario es lo que Freud denomina como la otra escena (eine andere Shauplatz),  que concierne a lo simbólico, en cuya dimensión queda ubicada la falta de un significante que pudiera unificar las pulsiones parciales, falta que se encuentra en

(1)     Recordamos a modo de ilustración una anécdota, que preludia un libro sobre Física moderna.
Un profesor estaba dando una conferencia en la que explicaba esas finas reglas de juego que rigen los cuerpos celestes en el Universo. Cuando termina, una señora mayor se levanta y le dice: “¡Todo lo que Ud. ha dicho son puras tonterías, el planeta tierra está apoyado encima de la caparazón de una gran tortuga!”. El profesor la contempla con indulgencia y le responde: “Pues bien, entonces la tortuga ¿dónde se apoya?”.
La señora, sin vacilar, contesta: “Ud. Jovencito es muy astuto pero la respuesta es muy fácil, ¡la primera tortuga se apoya sobre un número infinito de tortugas!”.
La respuesta no sólo es ingeniosa sino que también toca el problema de la inconsistencia del Otro y a la no clausura ni unificación del  universo del discurso. Esa falta de consistencia no impide sin embargo continuar operando.

Por otra parte  tuvimos de presenciar hace ya muchos años una breve escena, desarrollada entre un niñito, aproximadamente de 3 años y la mamá. El niños le pregunta a la mamá ¿Y calle con que empieza? Con “C” le responde la mamá ¿Y auto con que empieza? Con “A” contesta la madre ¿Y “A” con que empieza? Silencio de la mamá. Ahí el chiquito señaló una falla en el Saber, expresó lo que se denomina un mitologema. Una pregunta sobre el origen, que así como la muerte, barran al Saber. Para esto no importa si la mamá hubiera eventualmente respondido: “con A”; de haber sido así podemos imaginar una continuidad en la escena en la que el chico sigue preguntando infinitamente “¿y esa otra A con que empieza?”. O que le hubiera contestado con un mito al estilo de que la primera “A” fue la de Adán y esa la creo Dios.
Tampoco es imposible imaginar otro desenlace, muy habitual por cierto, en el que la mamá ante la recurrencia y para poder pasar a otras cosas, dice: ¡Basta!   


relación a  un significante privilegiado, designado como Falo.
Sin poder avanzar en una conceptualización más amplia resulta necesario indicar otro término que forma parte de la lógica lacaniana: el objeto “a”.
El objeto “a” designa el resto que se desprende de esa operación de constitución subjetiva, un resto que no es especularizable ni simbolizable y que en esta lógica está referido a los orificios  o bordes del cuerpo: ano, ojos, boca, oído, etc. El objeto “a” es prueba de alteridad.
Es posible concluir que todo ese circuito está recorrido por la falta. La falta está en el origen.
Volvamos ahora a los tiempos lógicos del complejo de Edipo para destacar un segundo momento lógico en el que hay un giro muy importante en la consideración del deseo de  la madre.
Se trata de la intervención de la ley en la escena imaginaria, de un modo menos velado que en ese primer momento lógico.
La madre es remitida ya no a su propia ley, que suponía esa suerte de ir y venir del capricho, sino a aquél término que se presenta como soporte de la ley y que remite a la función paterna.
Esto es lo que conocemos como la fase privativa del Complejo de Edipo, aquí la palabra del padre interviene sobre el discurso de la madre estableciendo una prohibición: “no reintegrarás tu producto”.
La castración, en esta instancia recae sobre la madre. Es un momento clave porque el niño está aquí puesto a elegir si rechaza o no la castración de la mamá. El rechazo supone la identificación con el falo.
Por otra parte esta elección no es absolutamente libre en tanto se da en una frase que ha sido empezada por sus padres antes de su propio advenimiento.

En este segundo tiempo lógico y bajo estas premisas la función paterna conmueve al niñito y lo hace tambalear  en su condición de súbdito de la corona materna.
En el caso que al chico le llegue la cédula de desalojo de la posición de falo de la mamá (porque no rechazó la castración materna y porque están dadas una serie de condiciones para que esto ocurra) se produce un nuevo giro en esta dialéctica.
El padre demuestra que el falo lo tiene, que no lo es. El padre que rivaliza con el hijo por el amor de su mujer se encuentra del lado de que lo es,  lo cual complica para el hijo la salida del proceso.
Si interviene como el que tiene el falo se reinstaura esa instancia del falo como objeto deseado de la madre y se posibilita la identificación con el padre. Esa identificación que corresponde al campo de problemas del significante, en el caso del niño, queda en reserva posibilitando en el futuro una significación relativa a la virilidad.

En el caso de la niñita, en la salida del Edipo no se confronta con esa identificación ni debe conservarla a título de virilidad. Sabe donde está eso así como dónde ir a buscarlo y se dirige hacia quien lo tiene. De ahí que la feminidad tiene siempre esa dimensión cifrada, como la de una coartada que alude a la hendidura de un enigma.

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