lunes, 11 de noviembre de 2013

Marcas de la infancia



Marcas de la infancia (*)
Por Miguel J. Lares

Sobre infancias que no son precisamente un paraíso tenemos un creciente testimonio en nuestro sistema. Abuso, maltrato, primeros años de vida transcurridos en condiciones socio-ambientales precarias, forman parte de historias que estamos escuchando cada vez con más frecuencia en el consultorio, cuando antes y en ese número más bien formaban parte de la casuística hospitalaria. Tratos dispensados a los niños por parte de su familia de origen o que salen a la luz cuando los chicos son adoptados y son sus padres adoptantes los que movilizan una consulta.
En estas historias y pre-historias infantiles hay algo del orden de las marcas en el cuerpo que parece quedar siempre especialmente subrayado y por otra parte no hay infancia que no implique un cuerpo marcado.
Por lo tanto se me ocurrió que podía ser interesante acercar de un modo general alguna brevísima reflexión sobre esto de las marcas en la infancia. Para dar pie voy a compartir con ustedes una anécdota que unos años atrás alguien de mi entorno me hizo llegar en forma escrita. Esta persona, en el contexto de un viaje a una zona altiplánica, montañosa, rural y de población mayoritariamente  nativa, había observado algo que lo había impresionado particularmente.
Doy paso a lo que escribió el relator:
“Me encontraba en un sitio elevado al cual se accedía mediante un funicular. Se trataba de un cerro en cuya cima se encuentra emplazada una estatua religiosa. Recorriendo los bordes de la cima descubrí que no daba directamente a un despeñadero sino que la montaña presentaba, 4 o 5 metros más abajo, una explanada natural  que no contaba con baranda de contención. En esa especie de “balcón terraza” natural había lugareños parados y sentados que apreciaban el paisaje. Observando distraídamente a ese grupo pronto mí atención se vio captada por una muchacha y un joven que parecían ser una pareja o hermanos quizás. A su lado una niñita, que rondaría los 3 años y que indudablemente tenía relación con esa pareja,  se desplazaba libremente sobre la explanada, brincando de manera repetida, casi al borde del barranco. La escena observada me provocó intranquilidad, la cual se agudizó cuando llevando la mirada hacia los que estaban cerca de la niña constaté la absoluta indiferencia de esos personajes, quienes se suponía eran los cuidadores de la pequeña. Mi inmediata interpretación fue que la chiquita era demasiado pequeña para mensurar el riesgo que conllevaba desplazarse en ese lugar. Fue un momento difícil por la zozobra, susto y  angustia que experimenté. Sin intervenir decidí retirarme. La rápida evaluación que hice en ese momento fue que no podía calcular la consecuencia que conllevaría una intervención de mi parte en que la elevara la voz para advertir sobre lo que a mi entender representaba una situación peligrosísima para la niña ¿Y si la irrupción de un grito por parte de un personaje forastero desencadenaba la tragedia que con esa advertencia trataba de prevenirse? Esa fue la pregunta que luego pude reconstruir y que según mi interpretación estuvo en la base de mi inacción. Mi retiro de la escena, sin intervenir, no fue sencillo: supuso un considerable malestar que perduró gran parte de lo que restaba del día.”.
Aquí cierra el relato. Antes de comentar algo sobre la anécdota, abro un paréntesis para volver sobre lo que denominamos marcas de la infancia.
Indudablemente la observación y análisis que como adultos hacemos de la actividad de los niños  y el dictamen que sobre eso efectuamos está determinado por la relación que mantenemos con nuestras propias marcas de la infancia.
Esa posibilidad de lectura tiene un sustento y una consecuencia. El sustento es que leer en relación a las marcas de la infancia implica ya no estar en la infancia. La consecuencia que se vincula a ese sustento es que interpretar lo que es lúdico supone deslindar lo que es juego de los efectos producidos en un más allá del juego. Es decir, implica el reconocimiento y la implicación respecto a lo que es o no juego.
La marcación de ese deslinde entre lo que es y no es juego con la debida implicación subjetiva comienza en la pubertad. La facultad de engendramiento y embarazo, momento más lógico que biológico, señala la entrada en  el “mercado del deseo” y la posibilidad de encuentro sexual con un partenaire. En ese mercado el individuo comienza a verse y a ser visto en una dimensión en la que hay deseos, propios y de los demás, que circulan y comprometen la imagen del cuerpo. ¿Por qué la imagen del cuerpo y no meramente el cuerpo?
Porque es en y por la dimensión de la imagen donde se produce la captura sexual, es la vía de entrada.
Lo relativo a los deseos se revela en el campo de la imagen y la ubicación de la imagen se da en un campo que es el del lenguaje, lo cual posibilita una lectura. En ese sentido las marcas de la infancia, en su connotación traumática, se escriben y se leen en la adolescencia.
¿Cómo se sitúa esto de las marcas antes de la pubertad?
Hay un término, coalescencia, que es utilizado para explicar los fenómenos de soldadura, en particular de metales y en química, entre dos elementos de diferentes especies, que tienen una compatibilidad estructural y en virtud de lo cual los componentes de ambos elementos se desarrollan, uno sobre el otro, en determinadas direcciones.
Tempranamente el niño hace una coalescencia entre lo que constituye una primerísima aprehensión de su imagen y las trazas sonoras del lenguaje. La lengua en la que le han hablado deja sus impresos, impregnando al niño en palabras  habladas y escuchadas. Impregnación que se da por la vía de una abertura específica, en el orden de la imagen y que se pone en escena con quienes lo cuidan. Hay un primer retome de ese núcleo primordial en orden a dos acontecimientos estructurales que son contemporáneos: la primerísima y fugaz aprehensión de la imagen del cuerpo como gestalt y el pasaje del laleo universal al particular de una lengua. Esto constituye la marca en un estatuto particular y no cabal ya que todavía no flexiona sobre sí. La brevedad del tiempo me impide avanzar sobre la afinidad de esa marca con el campo de los números y la música.
Sobre un ejemplo sencillo que da cuenta de una marca que en la infancia no flexiona aún sobre sí, pensemos en esto: a ninguno de nosotros, al menos no a mí, se nos ocurriría responsabilizar a un niño pequeño con relación a un lapsus. No porque no podamos indicárselo, en la mayor parte de los casos eso tiene un efecto más cómico que chistoso. Pero no esperamos que el niñito se haga cargo de las consecuencias de la barra que supone un lapsus, como sí lo hacemos en un adulto.
Como decíamos esa posibilidad de flexión resulta posible a partir de la pubertad. Lo que sigue lo voy a decir también de un modo rápido e incompleto. Es a partir de la pubertad que también se hace patente, sexualidad mediante, que no hay representaciones que ubiquen de manera cabal a un hombre y a una mujer como tales. Esa carencia testimonia algo que es del orden de un vacío. A ese vacío los sujetos que ya han pasado por la pubertad le responden con una falta, la falta que si no existiera permitiría la ubicación en las diferencias sexuales. La falta circunvala el vacío permitiendo que no sea infinito. Esto de la falta circunvalando un vacío vale tanto para la sexualidad como para la muerte, de eso se trata a veces el acompañamiento que efectuamos a quien se encuentra en una labor de duelo.
En lo relativo  a la sexualidad cada cual llega al encuentro con su partenaire con ese interregno en el que se juega la dialéctica entre vacío y falta y ahí es donde se localiza la posibilidad de un hijo como producto y como resto. Y es también en esa zona parental donde se posibilitará jugar y con ello una infancia posible.
Volvamos ahora a la anécdota. Decíamos que en la delimitación de lo que es o no es juego, los adultos funcionan como sostén de un espejo en el cual alguien se reconoce como niño y ese espejo delimita una perspectiva desde la cual se produce un más allá y un más acá del juego.
La historia alude a distintas perspectivas respecto de la actividad infantil.  Lamentablemente, de los personajes que forman parte de la escena sólo contamos con el testimonio del espectador involuntario. Vamos a enfocarnos en el espejo que ese personaje testimonia cuando observa a la niñita brincando al borde del precipicio lo tomó de las tripas.  Digámoslo así: le importó, lo suficiente como para sentirse afectado, armar un relato y transmitirlo.
Si alguien dice o da a entender “me importa” ¿Dónde se sostiene el me? Ese “me” es subsidiario de la relación que cada uno de nosotros mantenemos con nuestra propia imagen. Relación que, como decíamos, reviste su complejidad.
Y por otro lado sentimos cierta empatía con la reacción del espectador angustiado. Aunque parece que fuera de suyo, bien vale reflexionar por qué. Esa zona compartida del espectador angustiado, el consenso y la comprensión respecto del significado del suceso y de la reacción concomitante sitúa a  todos aquellos que coinciden en una masa. Por ejemplo la masa de todos quienes consideramos que la infancia es menester que transcurra en una dimensión que no sea la del precipicio. Pero atención que en este caso, otros pueden constituir una masa en la que coinciden respecto a que esa zona es una en la que transcurre la vida  infantil. Bien podría ser que la gente de ese lugar montañoso considere habilitada esa zona como una lúdica para los pequeños de 3 años. Quizás se les supone una relación con el espejo como aquella que se le podría atribuir a un cachorro que forma parte del paisaje o se les concede un saber transmitido ancestralmente. No lo sabemos, pero tratándose de lo que podría denominarse una región pre-industrial yo al menos, no me precipitaría en un juicio sobre la impasividad de la pareja que estaba al lado de la nena.
De la pertenencia e identificación con una masa veníamos hablando y en algún sentido la necesaria inclusión en un universo masificado parece que fuera a la vida adulta lo que es el juego a la infancia: produce una delimitación y opera como barrera, tiene una función apaciguadora,  protectora. Pero así como en el juego, aunque con consecuencias distintas, queda demarcado un más allá. En el más allá de ese universo colectivo se sitúa la extracción de la masa ¿Qué es lo que a alguien puede sustraerlo de la masa? Un síntoma. No sólo eso por supuesto pero vayamos por esa vía de destino.
Bien puede ocurrir por ejemplo que la afectación de nuestro relator derive en un síntoma de vértigo, en diversas situaciones que pueden incluir o no la altura o pánico cuando si se está cerca de un lugar que por su nombre tiene alguna conexión asociativa con aquél en que transcurrió lo presenciado.
¿Qué ocurre entonces? En tanto afectado por un síntoma, el personaje de la lícita preocupación compartida, queda extraído de la masa y pasa a estar afectado de un modo en el cual el universo colectivo deja de ser una referencia eficaz.  El síntoma, que por definición no podría ser colectivo, revela que el “me importa” que antes había encontrado eco y hasta un cierto alivio en un “nos importa” se manifiesta ahora en otra dimensión en la que vértigo y pánico han tomado la palabra sustrayendo al afectado del universo masificado.
Nos estamos refiriendo a una vía sintomática pero la estructura de esa extracción es posible encontrarla en varios órdenes que aluden todos ellos (aunque de modo diferencial cada uno) a la función paterna. Sólo algunos ejemplos que no son exhaustivos. En el plano mítico y lírico se encuentra en la base del nacimiento de la tragedia cuando un individuo que formaba parte del coro primordial, se sustrae de esa escena para asumir la voz del héroe trágico. También se corrobora en el momento de la infancia en que el grupo de pares comienza a convalidar comportamiento normativos que su vez delimitan quien está dentro o fuera del grupo y eso sin desmedro de que sus integrantes vivan experiencias íntimas en sus fantasías. O sea, es posible jugar a la aventura de héroes con los otros y también imaginar que se es un héroe para los padres u otros personajes significativos.
Luego, en la pubertad y tal como lo veníamos señalando, la experiencia de la fantasía íntima toma otro giro en la medida que ya es posible el desencadenamiento de eventos en un más allá de la escena lúdica o fantasiosa. En ese linaje se sitúa la posibilidad de construcción de un síntoma. La extracción del universo masificado por vía sintomática revela el campo de una diferencia en un sesgo irreductible.
La escena de la nenita en el borde del precipicio bien puede ilustrar o ponerse en correspondencia con escenas que escuchamos en las consultas por los niños.
Y resulta interesante advertir que aquellas escenas sobre las cuales se experimenta  la mayor ajenidad o que alertan los prejuicios más encendidos, es donde más advertidos deberíamos estar sobre el índice que eso representa sobre las propias marcas de la infancia en su relación con los objetos de goce parental. Objetos en los cuales seguramente hemos sido retenidos y con los cuales pudimos oportunamente en la infancia armar un juego o bien, post-pubertad mediante, retomarlos activamente en un análisis.

(*) Ponencia presentada el 9 de noviembre de 2013 en el Salón Golden Horn del Hotel Sheraton, en el marco de la XV Jornada de la Fundación Prosam, Buenos Aires, Argentina.

miércoles, 31 de julio de 2013

Complejo de Edipo



Complejo de Edipo

por Miguel Lares


 
   Aunque recordarlo resulte una obviedad, el advenimiento a la condición humana supone un pasaje por la primera infancia.
Las marcas de ese tránsito no sólo están señaladas por los recuerdos biográficos que alguien pueda narrar.
Desde la aparición del psicoanálisis y particularmente en la sesión analítica, las trazas del  pasaje por la infancia se revelan en aquello que Freud denominó formaciones del inconsciente: sueños, lapsus, chistes, actos fallidos, en la vía de la psicopatología de la vida cotidiana. O los síntomas, en el sesgo mórbido.
El inconsciente revela que algo se encuentra en falta y que esa falta es efecto de la amnesia que ha recaído sobre los deseos infantiles reprimidos; deseos que corresponden a lo que Freud  caracteriza como el período sexual de la primera infancia.
¿Hacia quienes han estado orientados esos deseos sexuales infantiles?
Hacia aquellos que de manera significativa han intervenido en el pasaje del sujeto por la primera infancia, pasaje crucial en tanto posibilita la relación con el lenguaje y por ende con la cultura.

Seguramente por constituir una situación excepcional, no suele recordarse más a menudo que para la adquisición de la lengua materna  hay una prescripción que se ubica alrededor de los 6 años. Si hasta ese momento el sujeto no ha tenido contacto con la lengua materna, ya no cuenta con posibilidades de adquirirla. Cuestión que marca un campo de problemas diferentes con los que, por ejemplo, se derivan del analfabetismo.

El entramado particular que vincula la función de los padres con el período sexual de la primera infancia, se encuentra aludido en lo que clásicamente se conoce como el complejo de Edipo.
En los primeros meses del año 1924, Freud escribe “El sepultamiento del complejo de Edipo”.
Este artículo reclama un especial interés ya que en él Freud hace hincapié por primera vez en el diferente decurso que la sexualidad toma según se trate del niño o de la niña.
La primera frase del escrito freudiano subraya el papel clave del complejo de Edipo en la escena infantil: “el complejo de Edipo revela cada vez más su significación como fenómeno central del período sexual de la primera infancia”.
Años más tarde (1957) en el seminario Las formaciones del inconsciente, Jacques Lacan efectuaba este particular comentario sobre el mismo tema:El complejo de Edipo no es tan sólo una catástrofe, porque es el fundamento de nuestra relación con la cultura.”
Es un hecho que los mortales (categoría que excluye a los animales(*)) advienen a un mundo en el que gobierna la palabra. La palabra impone por sí misma una estructura que determina que en el sujeto hablante, la cuestión de sus relaciones con lo que dice suponen necesariamente un tercero. Si alguien dice algo, no puede decir al mismo tiempo su relación con lo que dice.
Una estructura es un orden constituido por elementos discretos que mantienen una relación entre sí. Esa relación de oposición define el valor y la función de cada uno de esos elementos.
Asimismo una estructura al instituirse como tal recorta algo que no está estructurado. Por lo tanto la constitución de una estructura instituye al mismo tiempo lo que está en falta en ella.
Esta condición de la estructura (la de constituirse en una relación de exclusión con lo que está en falta) se encuentra en consonancia con una definición del significante que la obra lacaniana se encarga de  enfatizar en distintos momentos de su desarrollo: “El significante, es lo que representa a un sujeto para otro significante”.
El significante no puede significarse a sí mismo y lo que define su función es ser lo que los otros no son, es no ser sino diferencia.
Todo estudio serio sobre la primera infancia debería considerar la importancia de abrevar en esta definición del significante ya que lo que en nuestra cultura conocemos como madre y padre representan una función inscrita en un orden simbólico; de tal inscripción, que es significante, resulta la encarnación en los vivientes que, por su función, se conocen como padre y madre.
 (*)  “Ser inmortal es baladí; menos el hombre todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte” J.L.Borges “El inmortal”
No resulta relevante considerar a padre y madre tan solo como personas con las que eventualmente los individuos tienen una relación significativa desde su nacimiento y durante un período significativo de sus vidas.
Primordialmente, padre y madre, son significantes y únicamente desde esa inscripción en un orden simbólico resulta  posible algún esclarecimiento sobre las funciones de las que están atribuidos.

No está exento de complejidad determinar el proceso por el cual los vivientes encarnan una función simbólica, en este caso la parental.
Del padre siempre se duda, esto circula como una especie de chiste en el acervo popular, pero tampoco resulta sencillo definir a la madre ya que desde el punto de vista del embarazo, las estructuras embrionarias y fetales (cuyas envolturas están en relación con aquellas del huevo que se conoce como placenta) diseñan una morfología muy particular respecto a la comunicación exterior-interior.
Complicación ésta, la de definir a la madre, que en la actualidad ha alcanzado una dimensión  in si tenemos en cuenta las posibilidades de implantar el óvulo (fecundado) de una mujer en el útero de otra.

En la dialéctica de los significantes parentales y en una primigenia versión de la dimensión simbólica, la madre representa el significante primordial.
En la dialéctica de esta primera etapa encontramos al niño en una particular dependencia no de la madre, tal como el sentido común lo indica, sino del deseo de la madre.
¿Por qué caracterizar a la madre como deseante?
Que haya un deseo de la madre implica, entre otras cosas, que la madre no es un animal, sino que forma parte, como hablante, de un mundo simbólico.
Esta pertenencia marca una sujeción y una relación con algo que está en falta. En tanto desea hay ahí señalada una incógnita. Si lo pensáramos en términos de una ecuación llamaríamos X a esa incógnita.
En las idas y venidas de la madre, y porque la madre no es ubicua (como se diría de Dios), el niño tiene desde el origen una aprehensión de la vinculación del deseo materno con esa X y bajo la forma del par opuesto presencia-ausencia.
Este esbozo de subjetivación establece a la madre como ese significante que puede estar o no estar, abriéndole al niño la dimensión de algo distinto que la madre puede desear en el plano imaginario.
Si en el plano imaginario hay un deseo, se deduce entonces que en lo que atañe a la imagen hay algo que se encuentra en falta.
Los bebés entran  en ese orden de la imagen por la vía de esa abertura específica de la relación imaginaria con quien representa la dimensión simbólica (la madre) y en los términos radicales de la oposición significante que señalamos (presencia y ausencia).
Esta dialéctica especular (aquella del estadio del espejo antes del primer año de vida) implica que la posibilidad de los bebés de efectuar un movimiento que va de la imagen que descubren en el espejo hacia quien los sostiene, está sustentada en que la imagen no es toda, porque si fuera toda el niñito quedaría capturado, sin posibilidades de extractarse de ella.
Ese “no es  toda” refiere a que ese presunto capricho materno, del ir y venir, está marcado desde el origen por un más allá de la madre (la X de su deseo).

Por eso decíamos que desde el principio la dependencia del deseo de la madre se encuentra desprendida de la simple vivencia de esa dependencia, haciendo que su deseo dependa del deseo de la madre y no de la madre misma, como viviente que encarna.
El cuerpo de la madre es entonces un cuerpo deseante  y por ende (como ocurre con todos los mortales) no encarna un cuerpo natural; está en relación a un orden simbólico, es un cuerpo marcado por la sexualidad y por la muerte.
¿Cómo se conjuga esto con que aún así la madre en cierto  tiempo lógico, encarna la representación de una dimensión primordial?
En la obra de Lacan uno de los modos en que esto se plantea es con relación a la teoría de los conjuntos: la inexistencia de la clase de los conjuntos que se contienen a sí mismos.
No hay ningún modo de inscribir en un conjunto ese algo que se podría extraer de él designándolo como el conjunto de los elementos que se contienen a sí mismos.
Que la dimensión que encarna la madre tenga una falla o un vicio estructural, se refiere a
una  falla en el saber (1). Esa falla en el saber se vincula con la falta de un significante que pudiera ubicar los términos hombre y mujer, con la falta de un lazo significante que pudiera hacer de ellos Uno.
Aquí se produce un giro en el campo del Edipo. En tanto la dimensión simbólica (o universo del discurso) no es un universo cerrado y unificado, hay una falta que se articula con una demanda. Demanda de lo que le falta a la mamá, representante de ese orden que la trasciende, demanda de lo que esa dimensión desea.
Recordemos que veníamos de comentar que para el niñito en la dialéctica especular quedaba anotado  que el deseo de la madre estaba en relación a una X,  una incógnita que se presenta bajo la forma presencia-ausencia, por lo que su deseo (el del bebé) tomaba como objeto el deseo de la mamá.

Recapitulemos. En la lógica de la constitución subjetiva ubicamos algo que atañe a la imagen, lo que supone un marco y por ende, algo que queda por fuera de él.
Lo que ordena ese campo imaginario es lo que Freud denomina como la otra escena (eine andere Shauplatz),  que concierne a lo simbólico, en cuya dimensión queda ubicada la falta de un significante que pudiera unificar las pulsiones parciales, falta que se encuentra en

(1)     Recordamos a modo de ilustración una anécdota, que preludia un libro sobre Física moderna.
Un profesor estaba dando una conferencia en la que explicaba esas finas reglas de juego que rigen los cuerpos celestes en el Universo. Cuando termina, una señora mayor se levanta y le dice: “¡Todo lo que Ud. ha dicho son puras tonterías, el planeta tierra está apoyado encima de la caparazón de una gran tortuga!”. El profesor la contempla con indulgencia y le responde: “Pues bien, entonces la tortuga ¿dónde se apoya?”.
La señora, sin vacilar, contesta: “Ud. Jovencito es muy astuto pero la respuesta es muy fácil, ¡la primera tortuga se apoya sobre un número infinito de tortugas!”.
La respuesta no sólo es ingeniosa sino que también toca el problema de la inconsistencia del Otro y a la no clausura ni unificación del  universo del discurso. Esa falta de consistencia no impide sin embargo continuar operando.

Por otra parte  tuvimos de presenciar hace ya muchos años una breve escena, desarrollada entre un niñito, aproximadamente de 3 años y la mamá. El niños le pregunta a la mamá ¿Y calle con que empieza? Con “C” le responde la mamá ¿Y auto con que empieza? Con “A” contesta la madre ¿Y “A” con que empieza? Silencio de la mamá. Ahí el chiquito señaló una falla en el Saber, expresó lo que se denomina un mitologema. Una pregunta sobre el origen, que así como la muerte, barran al Saber. Para esto no importa si la mamá hubiera eventualmente respondido: “con A”; de haber sido así podemos imaginar una continuidad en la escena en la que el chico sigue preguntando infinitamente “¿y esa otra A con que empieza?”. O que le hubiera contestado con un mito al estilo de que la primera “A” fue la de Adán y esa la creo Dios.
Tampoco es imposible imaginar otro desenlace, muy habitual por cierto, en el que la mamá ante la recurrencia y para poder pasar a otras cosas, dice: ¡Basta!   


relación a  un significante privilegiado, designado como Falo.
Sin poder avanzar en una conceptualización más amplia resulta necesario indicar otro término que forma parte de la lógica lacaniana: el objeto “a”.
El objeto “a” designa el resto que se desprende de esa operación de constitución subjetiva, un resto que no es especularizable ni simbolizable y que en esta lógica está referido a los orificios  o bordes del cuerpo: ano, ojos, boca, oído, etc. El objeto “a” es prueba de alteridad.
Es posible concluir que todo ese circuito está recorrido por la falta. La falta está en el origen.
Volvamos ahora a los tiempos lógicos del complejo de Edipo para destacar un segundo momento lógico en el que hay un giro muy importante en la consideración del deseo de  la madre.
Se trata de la intervención de la ley en la escena imaginaria, de un modo menos velado que en ese primer momento lógico.
La madre es remitida ya no a su propia ley, que suponía esa suerte de ir y venir del capricho, sino a aquél término que se presenta como soporte de la ley y que remite a la función paterna.
Esto es lo que conocemos como la fase privativa del Complejo de Edipo, aquí la palabra del padre interviene sobre el discurso de la madre estableciendo una prohibición: “no reintegrarás tu producto”.
La castración, en esta instancia recae sobre la madre. Es un momento clave porque el niño está aquí puesto a elegir si rechaza o no la castración de la mamá. El rechazo supone la identificación con el falo.
Por otra parte esta elección no es absolutamente libre en tanto se da en una frase que ha sido empezada por sus padres antes de su propio advenimiento.

En este segundo tiempo lógico y bajo estas premisas la función paterna conmueve al niñito y lo hace tambalear  en su condición de súbdito de la corona materna.
En el caso que al chico le llegue la cédula de desalojo de la posición de falo de la mamá (porque no rechazó la castración materna y porque están dadas una serie de condiciones para que esto ocurra) se produce un nuevo giro en esta dialéctica.
El padre demuestra que el falo lo tiene, que no lo es. El padre que rivaliza con el hijo por el amor de su mujer se encuentra del lado de que lo es,  lo cual complica para el hijo la salida del proceso.
Si interviene como el que tiene el falo se reinstaura esa instancia del falo como objeto deseado de la madre y se posibilita la identificación con el padre. Esa identificación que corresponde al campo de problemas del significante, en el caso del niño, queda en reserva posibilitando en el futuro una significación relativa a la virilidad.

En el caso de la niñita, en la salida del Edipo no se confronta con esa identificación ni debe conservarla a título de virilidad. Sabe donde está eso así como dónde ir a buscarlo y se dirige hacia quien lo tiene. De ahí que la feminidad tiene siempre esa dimensión cifrada, como la de una coartada que alude a la hendidura de un enigma.

viernes, 26 de octubre de 2012

Hurbinek

Hurbinek
por Miguel Lares

En Auschwitz, Levi había ya hecho la experiencia de esforzarse por escuchar e interpretar un balbuceo inarticulado, algo como un no lenguaje, o un lenguaje mutilado y oscuro. Fue en los días subsiguientes a la liberación, cuando los rusos transfirieron a los supervivientes de Buna al "Campo Grande" de Auschwitz. Aquí la atención de Levi se sintió atraída de forma súbita por un niño al que los deportados llamaban Hurbinek.
Hurbinek no era nadie, un hijo de la muerte, un hijo de Auschwitz. Parecía tener unos tres años, ninguno sabía nada de él, no sabía hablar y no tenía nombre: ese curioso nombre de Hurbinek se lo habíamos dado nosotros, puede que una de las mujeres, que había interpretado con aquellas sílabas uno de los sonidos inarticulados que el pequeño emitía de vez en cuando. Estaba paralizado de la cintura para abajo, y tenía las piernas atrofiadas, delgadas como palillos; pero sus ojos, perdidos en su cara triangular y demacrada, emitían destellos terriblemente vivos, cargados de súplica, de afirmación de la voluntad de desencadenarse. de romper la tumba de su mutismo. palabra que le faltaba y que nadie se había preocupado por enseñarle, la necesidad de la palabra, afloraba en su mirada con explosiva exigencia... (Levi 4, p. 21).
Pero a partir de un cierto momento, Hurbinek empieza a repetir incesantemente una palabra, que nadie del campo consigue entender, y que Levi transcribe dubitativamente como massklo o matisklo:
En la noche aguzábamos el oído: era verdad, desde el rincón de Hurbinek nos llegaba de vez en cuando un sonido, una palabra. No siempre era exactamente igual, en realidad, pero era una palabra articulada, con toda seguridad; o, mejor dicho, palabras articuladas ligeramente diferentes, variaciones experimentales en torno a un tema, a una raíz, quizás a un nombre (Ibid, p. 22).
Todos escuchaban y trataban de descifrar ese sonido, ese vocabulario incipiente: pero aunque todas las lenguas europeas estaban representadas en el campo, la palabra de Hurbinek permanece obstinadamente secreta:
No, no era desde luego un mensaje, ni una revelación: puede que fuera su nombre, si es que alguna vez había tenido alguno; puede (según una de nuestras hipótesis) que quisiera decir "comer" o "pan"; o tal vez "carne", en bohemio, como sostenía con buenos argumentos uno de nosotros que conocía esta lengua... Hurbinek, el sin nombre, cuyo minúsculo antebrazo llevaba la marca del tatuaje de Auschwitz; Hurbinek murió en los primeros días de marzo de 1945, libre pero no redimido. Nada queda de él: testimonia por medio de estas palabras mías (Ibid, pp. 22-23).
Es posible que fuera esta palabra secreta lo que Levi sentía perderse en el fondo de la poesía de Celan. Pero en Auschwitz se había esforzado, en todo caso, por escuchar lo no testimoniado, por recoger su palabra secreta: mass-klo, matisklo. Quizás toda palabra, toda escritura nace, en este sentido, como testimonio. Y por esto mismo aquello de lo que testimonia no puede ser ya lengua, no puede ser ya escritura: puede ser sólo lo intestimoniado. Éste es el sonido que nos llega de la laguna, la no lengua que se habla a solas, de la que la lengua responde, en la que nace la lengua. Y es la naturaleza de eso no testimoniado, su no lengua, aquello sobre lo que es preciso interrogarse.
1.15. Hurbinek no puede testimoniar, porque no tiene lengua (la palabra que profiere es un sonido incierto y privado de sentido: mass-klo o matisklo). Y, sin embargo, "testimonia a través de estas palabras mías". Pero tampoco el superviviente puede testimoniar integralmente, decir la propia laguna. Eso significa que el testimonio es el encuentro entre dos imposibilidades de testimoniar; que la lengua, si es que pretende testimoniar, debe ceder su lugar a una no lengua, mostrar la imposibilidad de testimoniar. La lengua del testimonio es una lengua que ya no significa, pero que, en ese su no significar, se adentra en lo sin lengua hasta recoger otra insignificancia, la del testigo integral, la del que no puede prestar testimonio. No basta, pues, para testimoniar, llevar la lengua hasta el propio no sentido, hasta la pura indeterminación de las letras (ma-s-s-k-l-o, m-a-t-i-s-k-l-o); es preciso que este sonido despojado de sentido sea, a su vez, voz de algo o de alguien que por razones muy diferentes no puede testimoniar. O, por decirlo de otra manera, la imposibilidad de testimoniar, la "laguna" que constituye la lengua humana, se desploma sobre ella misma para dar paso a otra imposibilidad de testimoniar: la del que no tiene lengua.
La huella, que la lengua cree transcribir a partir de lo intestimoniado, no es su palabra. Es la palabra de la lengua, la que nace cuando la lengua no está ya en sus inicios, baja de punto para -sencillamente- testimoniar: "no era luz, pero estaba para dar testimonio de la luz".

(Extraído de LO QUE QUEDA DE AUSCHWITZ El archivo y el testigo HOMO SACER III Giorgio Agamben Editorial PRE‑TEXTOS)

lunes, 13 de febrero de 2012

Marcel Marceau

Marcel Marceau escenificaba un sketch en el que mimaba las clásicas máscaras del teatro: la comedia y la tragedia. La escena transcurría en una sucesión de alternancia de dichos “gestos/máscara”, sucesión que gradualmente iba acelerándose. Finalmente, en la última escena Marceau intentaba, sin conseguirlo, sacarse el “mimo” de la máscara de la sonrisa. Esa última parte del sketch mostraba la desesperación de alguien que no logra sacarse una máscara. No es infrecuente encontrar chicos que tienen una dificultad aparente pero notoria con relación a sacarse la ropa, dificultad que no necesariamente se corresponde con una incoordinación motora orgánica o en alguna disfunción neurológica.

Jorge Fukelman, anexo del Escolio "La máscara adosada", Cap, IV de "Conversaciones con Jorge Fukelman. Psicoanálisis: juego e infancia" de Paula de Gainza y Miguel Lares 

A continuación el video en el que Marcel Marceau pone en escena el sketch mencionado.


lunes, 6 de febrero de 2012

Niños con máscaras alusivas al entierro del diablo

Niños con máscaras alusivas al entierro del diablo
Tilcara (Jujuy, Argentina)
Archivos de Gainza & Lares (2005)




El gesto del acto en la latencia

En la latencia predomina el gesto, ligado a la máscara.

Un gesto es un acto en el cual la acción no se cumple.

Un gesto amenazante no es igual a golpear. Golpear es lo que no ocurre cuando se trata de un gesto.

En la latencia, la acción que atañe a la escena del juego no se realiza como acto sino como gesto de acto

(Escolios, cap. IV pág. 87)

jueves, 2 de febrero de 2012

Gruta de Lascaux

"Le panneau de l'homme blessé"


En uno de los escolios del capítulo IV el Dr. Fukelman hace referencia a una de las pinturas de la Gruta de Lascaux ("Le panneau de l'homme blessé").


En la sitio web que el Ministerio de Cultura de Francia ha diseñado sobre la gruta, se puede efectuar un paseo virtual al interior de la misma.