Grupo Editorial Lumen anuncia la proxima edición del libro de Miguel J. Lares "Juego e infancia"
lunes, 28 de abril de 2014
lunes, 11 de noviembre de 2013
Marcas de la infancia
Marcas de la infancia (*)
Por Miguel J. Lares
Sobre
infancias que no son precisamente un paraíso tenemos un creciente testimonio en
nuestro sistema. Abuso, maltrato, primeros años de vida transcurridos en
condiciones socio-ambientales precarias, forman parte de historias que estamos
escuchando cada vez con más frecuencia en el consultorio, cuando antes y en ese
número más bien formaban parte de la casuística hospitalaria. Tratos
dispensados a los niños por parte de su familia de origen o que salen a la luz
cuando los chicos son adoptados y son sus padres adoptantes los que movilizan
una consulta.
En
estas historias y pre-historias infantiles hay algo del orden de las marcas en
el cuerpo que parece quedar siempre especialmente subrayado y por otra parte no
hay infancia que no implique un cuerpo marcado.
Por
lo tanto se me ocurrió que podía ser interesante acercar de un modo general alguna
brevísima reflexión sobre esto de las marcas en la infancia. Para dar pie voy a
compartir con ustedes una anécdota que unos años atrás alguien de mi entorno me hizo llegar en forma
escrita. Esta persona, en el
contexto de un viaje a una zona altiplánica, montañosa, rural y de población
mayoritariamente nativa, había observado algo que lo había
impresionado particularmente.
Doy
paso a lo que escribió el relator:
“Me encontraba en un
sitio elevado al cual se accedía mediante un funicular. Se trataba de un cerro
en cuya cima se encuentra emplazada una estatua religiosa. Recorriendo los
bordes de la cima descubrí que no daba directamente a un despeñadero sino que
la montaña presentaba, 4 o 5 metros más abajo, una explanada natural que no contaba con baranda de contención. En
esa especie de “balcón terraza” natural había lugareños parados y sentados que
apreciaban el paisaje. Observando distraídamente a ese grupo pronto mí atención
se vio captada por una muchacha y un joven que parecían ser una pareja o
hermanos quizás. A su lado una niñita, que rondaría los 3 años y que
indudablemente tenía relación con esa pareja,
se desplazaba libremente sobre la explanada, brincando de manera
repetida, casi al borde del barranco. La escena observada me provocó
intranquilidad, la cual se agudizó cuando llevando la mirada hacia los que
estaban cerca de la niña constaté la absoluta indiferencia de esos personajes,
quienes se suponía eran los cuidadores de la pequeña. Mi inmediata
interpretación fue que la chiquita era demasiado pequeña para mensurar el
riesgo que conllevaba desplazarse en ese lugar. Fue un momento difícil por la
zozobra, susto y angustia que experimenté.
Sin intervenir decidí retirarme. La rápida evaluación que hice en ese momento
fue que no podía calcular la consecuencia que conllevaría una intervención de
mi parte en que la elevara la voz para advertir sobre lo que a mi entender representaba
una situación peligrosísima para la niña ¿Y si la irrupción de un grito por
parte de un personaje forastero desencadenaba la tragedia que con esa
advertencia trataba de prevenirse? Esa fue la pregunta que luego pude
reconstruir y que según mi interpretación estuvo en la base de mi inacción. Mi
retiro de la escena, sin intervenir, no fue sencillo: supuso un considerable
malestar que perduró gran parte de lo que restaba del día.”.
Aquí
cierra el relato. Antes de comentar algo sobre la anécdota, abro un paréntesis para
volver sobre lo que denominamos marcas de la infancia.
Indudablemente
la observación y análisis que como adultos hacemos de la actividad de los
niños y el dictamen que sobre eso efectuamos
está determinado por la relación que mantenemos con nuestras propias marcas de
la infancia.
Esa
posibilidad de lectura tiene un sustento y una consecuencia. El sustento es que
leer en relación a las marcas de la infancia implica ya no estar en la
infancia. La consecuencia que se vincula a ese sustento es que interpretar lo
que es lúdico supone deslindar lo que es juego de los efectos producidos en un
más allá del juego. Es decir, implica el reconocimiento y la implicación
respecto a lo que es o no juego.
La
marcación de ese deslinde entre lo que es y no es juego con la debida
implicación subjetiva comienza en la pubertad. La facultad de engendramiento y
embarazo, momento más lógico que biológico, señala la entrada en el “mercado del deseo” y la posibilidad de
encuentro sexual con un partenaire. En ese mercado el individuo comienza a
verse y a ser visto en una dimensión en la que hay deseos, propios y de los
demás, que circulan y comprometen la imagen del cuerpo. ¿Por qué la imagen del cuerpo
y no meramente el cuerpo?
Porque
es en y por la dimensión de la imagen donde se produce la captura sexual, es la
vía de entrada.
Lo
relativo a los deseos se revela en el campo de la imagen y la ubicación de la
imagen se da en un campo que es el del lenguaje, lo cual posibilita una lectura.
En ese sentido las marcas de la infancia, en su connotación traumática, se
escriben y se leen en la adolescencia.
¿Cómo
se sitúa esto de las marcas antes de la pubertad?
Hay
un término, coalescencia, que es utilizado para explicar los fenómenos de
soldadura, en particular de metales y en química, entre dos elementos de
diferentes especies, que tienen una compatibilidad estructural y en virtud de lo
cual los componentes de ambos elementos se desarrollan, uno sobre el otro, en
determinadas direcciones.
Tempranamente
el niño hace una coalescencia entre lo que constituye una primerísima
aprehensión de su imagen y las trazas sonoras del lenguaje. La lengua en la que
le han hablado deja sus impresos, impregnando al niño en palabras habladas y escuchadas. Impregnación que se da
por la vía de una abertura específica, en el orden de la imagen y que se pone
en escena con quienes lo cuidan. Hay un primer retome de ese núcleo primordial
en orden a dos acontecimientos estructurales que son contemporáneos: la primerísima
y fugaz aprehensión de la imagen del cuerpo como gestalt y el pasaje del laleo
universal al particular de una lengua. Esto constituye la marca en un estatuto
particular y no cabal ya que todavía no flexiona sobre sí. La brevedad del
tiempo me impide avanzar sobre la afinidad de esa marca con el campo de los
números y la música.
Sobre
un ejemplo sencillo que da cuenta de una marca que en la infancia no flexiona
aún sobre sí, pensemos en esto: a ninguno de nosotros, al menos no a mí, se nos
ocurriría responsabilizar a un niño pequeño con relación a un lapsus. No porque
no podamos indicárselo, en la mayor parte de los casos eso tiene un efecto más
cómico que chistoso. Pero no esperamos que el niñito se haga cargo de las
consecuencias de la barra que supone un lapsus, como sí lo hacemos en un
adulto.
Como
decíamos esa posibilidad de flexión resulta posible a partir de la pubertad. Lo
que sigue lo voy a decir también de un modo rápido e incompleto. Es a partir de
la pubertad que también se hace patente, sexualidad mediante, que no hay
representaciones que ubiquen de manera cabal a un hombre y a una mujer como
tales. Esa carencia testimonia algo que es del orden de un vacío. A ese vacío
los sujetos que ya han pasado por la pubertad le responden con una falta, la
falta que si no existiera permitiría la ubicación en las diferencias sexuales.
La falta circunvala el vacío permitiendo que no sea infinito. Esto de la falta
circunvalando un vacío vale tanto para la sexualidad como para la muerte, de
eso se trata a veces el acompañamiento que efectuamos a quien se encuentra en
una labor de duelo.
En
lo relativo a la sexualidad cada cual
llega al encuentro con su partenaire con ese interregno en el que se juega la
dialéctica entre vacío y falta y ahí es donde se localiza la posibilidad de un
hijo como producto y como resto. Y es también en esa zona parental donde se
posibilitará jugar y con ello una infancia posible.
Volvamos
ahora a la anécdota. Decíamos que en la delimitación de lo que es o no es juego,
los adultos funcionan como sostén de un espejo en el cual alguien se reconoce
como niño y ese espejo delimita una perspectiva desde la cual se produce un más
allá y un más acá del juego.
La
historia alude a distintas perspectivas respecto de la actividad infantil. Lamentablemente, de los personajes que forman
parte de la escena sólo contamos con el testimonio del espectador involuntario.
Vamos a enfocarnos en el espejo que ese personaje testimonia cuando observa a
la niñita brincando al borde del precipicio lo tomó de las tripas. Digámoslo así: le importó, lo suficiente como para sentirse afectado, armar un
relato y transmitirlo.
Si
alguien dice o da a entender “me importa”
¿Dónde se sostiene el me? Ese “me” es subsidiario de la relación que
cada uno de nosotros mantenemos con nuestra propia imagen. Relación que, como
decíamos, reviste su complejidad.
Y
por otro lado sentimos cierta empatía con la reacción del espectador angustiado.
Aunque parece que fuera de suyo, bien vale reflexionar por qué. Esa zona
compartida del espectador angustiado, el consenso y la comprensión respecto del
significado del suceso y de la reacción concomitante sitúa a todos aquellos que coinciden en una masa. Por
ejemplo la masa de todos quienes consideramos que la infancia es menester
que transcurra en una dimensión que no sea la del precipicio. Pero atención que
en este caso, otros pueden constituir una masa en la que coinciden respecto a que esa zona
es una en la que transcurre la vida infantil. Bien podría ser que la gente de ese
lugar montañoso considere habilitada esa zona como una lúdica para los pequeños
de 3 años. Quizás se les supone una relación con el espejo como aquella que se
le podría atribuir a un cachorro que forma parte del paisaje o se les concede
un saber transmitido ancestralmente. No lo sabemos, pero tratándose de lo que
podría denominarse una región pre-industrial yo al menos, no me precipitaría en
un juicio sobre la impasividad de la pareja que estaba al lado de la nena.
De
la pertenencia e identificación con una masa veníamos hablando y en algún
sentido la necesaria inclusión en un universo masificado parece que fuera a la
vida adulta lo que es el juego a la infancia: produce una delimitación y opera
como barrera, tiene una función apaciguadora,
protectora. Pero así como en el juego, aunque con consecuencias distintas,
queda demarcado un más allá. En el más allá de ese universo colectivo se sitúa
la extracción de la masa ¿Qué es lo que a alguien puede sustraerlo de la masa?
Un síntoma. No sólo eso por supuesto pero vayamos por esa vía de destino.
Bien
puede ocurrir por ejemplo que la afectación de nuestro relator derive en un
síntoma de vértigo, en diversas situaciones que pueden incluir o no la altura o
pánico cuando si se está cerca de un lugar que por su nombre tiene alguna
conexión asociativa con aquél en que transcurrió lo presenciado.
¿Qué
ocurre entonces? En tanto afectado por un síntoma, el personaje de la lícita
preocupación compartida, queda extraído de la masa y pasa a estar afectado de
un modo en el cual el universo colectivo deja de ser una referencia
eficaz. El síntoma, que por definición
no podría ser colectivo, revela que el “me importa” que antes había encontrado
eco y hasta un cierto alivio en un “nos importa” se manifiesta ahora en otra
dimensión en la que vértigo y pánico han tomado la palabra sustrayendo al
afectado del universo masificado.
Nos
estamos refiriendo a una vía sintomática pero la estructura de esa extracción
es posible encontrarla en varios órdenes que aluden todos ellos (aunque de modo
diferencial cada uno) a la función paterna. Sólo algunos ejemplos que no son
exhaustivos. En el plano mítico y lírico se encuentra en la base del nacimiento
de la tragedia cuando un individuo que formaba parte del coro primordial, se
sustrae de esa escena para asumir la voz del héroe trágico. También se
corrobora en el momento de la infancia en que el grupo de pares comienza a
convalidar comportamiento normativos que su vez delimitan quien está dentro o
fuera del grupo y eso sin desmedro de que sus integrantes vivan experiencias
íntimas en sus fantasías. O sea, es posible jugar a la aventura de héroes con
los otros y también imaginar que se es un héroe para los padres u otros
personajes significativos.
Luego,
en la pubertad y tal como lo veníamos señalando, la experiencia de la fantasía
íntima toma otro giro en la medida que ya es posible el desencadenamiento de
eventos en un más allá de la escena lúdica o fantasiosa. En ese linaje se sitúa
la posibilidad de construcción de un síntoma. La extracción del universo
masificado por vía sintomática revela el campo de una diferencia en un sesgo irreductible.
La
escena de la nenita en el borde del precipicio bien puede ilustrar o ponerse en
correspondencia con escenas que escuchamos en las consultas por los niños.
Y
resulta interesante advertir que aquellas escenas sobre las cuales se
experimenta la mayor ajenidad o que
alertan los prejuicios más encendidos, es donde más advertidos deberíamos estar
sobre el índice que eso representa sobre las propias marcas de la infancia en
su relación con los objetos de goce parental. Objetos en los cuales seguramente
hemos sido retenidos y con los cuales pudimos oportunamente en la infancia armar
un juego o bien, post-pubertad mediante, retomarlos activamente en un análisis.
(*) Ponencia presentada el 9 de noviembre de 2013 en el Salón Golden Horn del Hotel Sheraton, en el marco de la XV Jornada de la Fundación Prosam, Buenos Aires, Argentina.
miércoles, 31 de julio de 2013
Complejo de Edipo
Complejo de Edipo
por Miguel Lares
Aunque recordarlo resulte una obviedad, el
advenimiento a la condición humana supone un pasaje por la primera infancia.
Las marcas de ese tránsito
no sólo están señaladas por los recuerdos biográficos que alguien pueda narrar.
Desde la aparición
del psicoanálisis y particularmente en la sesión analítica, las trazas del pasaje por la infancia se revelan en aquello
que Freud denominó formaciones del inconsciente: sueños, lapsus, chistes, actos
fallidos, en la vía de la psicopatología de la vida cotidiana. O los síntomas,
en el sesgo mórbido.
El inconsciente
revela que algo se encuentra en falta y que esa falta es efecto de la amnesia
que ha recaído sobre los deseos infantiles reprimidos; deseos que corresponden
a lo que Freud caracteriza como el
período sexual de la primera infancia.
¿Hacia quienes han
estado orientados esos deseos sexuales infantiles?
Hacia aquellos que
de manera significativa han intervenido en el pasaje del sujeto por la primera
infancia, pasaje crucial en tanto posibilita la relación con el lenguaje y por
ende con la cultura.
Seguramente por
constituir una situación excepcional, no suele recordarse más a menudo que para
la adquisición de la lengua materna hay
una prescripción que se ubica alrededor de los 6 años. Si hasta ese momento el
sujeto no ha tenido contacto con la lengua materna, ya no cuenta con
posibilidades de adquirirla. Cuestión que marca un campo de problemas
diferentes con los que, por ejemplo, se derivan del analfabetismo.
El entramado particular
que vincula la función de los padres con el período sexual de la primera
infancia, se encuentra aludido en lo que clásicamente se conoce como el
complejo de Edipo.
En los primeros
meses del año 1924, Freud escribe “El
sepultamiento del complejo de Edipo”.
Este artículo
reclama un especial interés ya que en él Freud hace hincapié por primera vez en
el diferente decurso que la sexualidad toma según se trate del niño o de la
niña.
La primera frase del
escrito freudiano subraya el papel clave del complejo de Edipo en la escena
infantil: “el complejo de Edipo revela
cada vez más su significación como fenómeno central del período sexual de la
primera infancia”.
Años más tarde (1957) en el seminario Las
formaciones del inconsciente, Jacques Lacan efectuaba este particular
comentario sobre el mismo tema: “El complejo de Edipo no es tan sólo una catástrofe, porque es el
fundamento de nuestra relación con la cultura.”
Es un hecho que los
mortales (categoría que excluye a los animales(*)) advienen a un mundo en el que gobierna la palabra. La palabra impone
por sí misma una estructura que determina que en el sujeto hablante, la
cuestión de sus relaciones con lo que dice suponen necesariamente un tercero. Si
alguien dice algo, no puede decir al mismo tiempo su relación con lo que dice.
Una estructura es
un orden constituido por elementos discretos que mantienen una relación entre
sí. Esa relación de oposición define el valor y la función de cada uno de esos
elementos.
Asimismo una
estructura al instituirse como tal recorta algo que no está estructurado. Por
lo tanto la constitución de una estructura instituye al mismo tiempo lo que
está en falta en ella.
Esta condición de
la estructura (la de constituirse en una relación de exclusión con lo que está
en falta) se encuentra en consonancia con una definición del significante que la
obra lacaniana se encarga de enfatizar
en distintos momentos de su desarrollo: “El
significante, es lo que representa a un sujeto para otro significante”.
El significante no
puede significarse a sí mismo y lo que define su función es ser lo que los
otros no son, es no ser sino diferencia.
Todo estudio serio
sobre la primera infancia debería considerar la importancia de abrevar en esta
definición del significante ya que lo que en nuestra cultura conocemos como
madre y padre representan una función inscrita en un orden simbólico; de tal
inscripción, que es significante, resulta la encarnación en los vivientes que,
por su función, se conocen como padre y madre.
(*)
“Ser inmortal es baladí; menos el hombre todas las criaturas lo son,
pues ignoran la muerte” J.L.Borges “El inmortal”
No resulta
relevante considerar a padre y madre tan solo como personas con las que eventualmente
los individuos tienen una relación significativa desde su nacimiento y durante
un período significativo de sus vidas.
Primordialmente,
padre y madre, son significantes y únicamente desde esa inscripción en un orden
simbólico resulta posible algún esclarecimiento
sobre las funciones de las que están atribuidos.
No está exento de
complejidad determinar el proceso por el cual los vivientes encarnan una
función simbólica, en este caso la parental.
Del padre siempre
se duda, esto circula como una especie de chiste en el acervo popular, pero
tampoco resulta sencillo definir a la madre ya que desde el punto de vista del
embarazo, las estructuras embrionarias y fetales (cuyas envolturas están en
relación con aquellas del huevo que se conoce como placenta) diseñan una
morfología muy particular respecto a la comunicación exterior-interior.
Complicación ésta,
la de definir a la madre, que en la actualidad ha alcanzado una dimensión in si tenemos en cuenta las posibilidades de
implantar el óvulo (fecundado) de una mujer en el útero de otra.
En la dialéctica de
los significantes parentales y en una primigenia versión de la dimensión
simbólica, la madre representa el significante primordial.
En la dialéctica de
esta primera etapa encontramos al niño en una particular dependencia no de la
madre, tal como el sentido común lo indica, sino del deseo de la madre.
¿Por qué caracterizar
a la madre como deseante?
Que haya un deseo
de la madre implica, entre otras cosas, que la madre no es un animal, sino que
forma parte, como hablante, de un mundo simbólico.
Esta pertenencia
marca una sujeción y una relación con algo que está en falta. En tanto desea
hay ahí señalada una incógnita. Si lo pensáramos en términos de una ecuación
llamaríamos X a esa incógnita.
En las idas y
venidas de la madre, y porque la madre no es ubicua (como se diría de Dios), el niño tiene desde el origen una
aprehensión de la vinculación del deseo materno con esa X y bajo la forma del
par opuesto presencia-ausencia.
Este esbozo de
subjetivación establece a la madre como ese significante que puede estar o no
estar, abriéndole al niño la dimensión de algo distinto que la madre puede
desear en el plano imaginario.
Si en el plano imaginario
hay un deseo, se deduce entonces que en lo que atañe a la imagen hay algo que se
encuentra en falta.
Los bebés entran en ese orden de la imagen por la vía de esa
abertura específica de la relación imaginaria con quien representa la dimensión
simbólica (la madre) y en los términos radicales de la oposición significante
que señalamos (presencia y ausencia).
Esta dialéctica
especular (aquella del estadio del espejo antes del primer año de vida) implica
que la posibilidad de los bebés de efectuar un movimiento que va de la imagen
que descubren en el espejo hacia quien los sostiene, está sustentada en que la
imagen no es toda, porque si fuera toda el niñito quedaría capturado, sin
posibilidades de extractarse de ella.
Ese “no es
toda” refiere a que ese presunto capricho materno, del ir y venir,
está marcado desde el origen por un más allá de la madre (la X de su deseo).
Por eso decíamos que
desde el principio la dependencia del deseo de la madre se encuentra
desprendida de la simple vivencia de esa dependencia, haciendo que su deseo
dependa del deseo de la madre y no de la madre misma, como viviente que encarna.
El cuerpo de la
madre es entonces un cuerpo deseante y
por ende (como ocurre con todos los mortales) no encarna un cuerpo natural; está
en relación a un orden simbólico, es un cuerpo marcado por la sexualidad y por
la muerte.
¿Cómo se conjuga
esto con que aún así la madre en cierto tiempo lógico, encarna la representación de
una dimensión primordial?
En la obra de Lacan
uno de los modos en que esto se plantea es con relación a la teoría de los
conjuntos: la inexistencia de la clase de los conjuntos que se contienen a sí
mismos.
No hay ningún modo
de inscribir en un conjunto ese algo que se podría extraer de él designándolo
como el conjunto de los elementos que se contienen a sí mismos.
Que la dimensión
que encarna la madre tenga una falla o un vicio estructural, se refiere a
una falla en el saber (1). Esa falla en el saber se vincula con la falta de un significante que
pudiera ubicar los términos hombre y mujer, con la falta de un lazo
significante que pudiera hacer de ellos Uno.
Aquí se produce un
giro en el campo del Edipo. En tanto la dimensión simbólica (o universo del
discurso) no es un universo cerrado y unificado, hay una falta que se articula
con una demanda. Demanda de lo que le falta a la mamá, representante de ese
orden que la trasciende, demanda de lo que esa dimensión desea.
Recordemos que
veníamos de comentar que para el niñito en la dialéctica especular quedaba
anotado que el deseo de la madre estaba
en relación a una X, una incógnita que
se presenta bajo la forma presencia-ausencia, por lo que su deseo (el del bebé)
tomaba como objeto el deseo de la mamá.
Recapitulemos. En
la lógica de la constitución subjetiva ubicamos algo que atañe a la imagen, lo
que supone un marco y por ende, algo que queda por fuera de él.
Lo que ordena ese
campo imaginario es lo que Freud denomina como la otra escena (eine andere
Shauplatz), que concierne a lo
simbólico, en cuya dimensión queda ubicada la falta de un significante que
pudiera unificar las pulsiones parciales, falta que se encuentra en
(1)
Recordamos
a modo de ilustración una anécdota, que preludia un libro sobre Física moderna.
Un profesor estaba
dando una conferencia en la que explicaba esas finas reglas de juego que rigen
los cuerpos celestes en el Universo. Cuando termina, una señora mayor se
levanta y le dice: “¡Todo lo que Ud. ha dicho son puras tonterías, el planeta
tierra está apoyado encima de la caparazón de una gran tortuga!”. El profesor
la contempla con indulgencia y le responde: “Pues bien, entonces la tortuga
¿dónde se apoya?”.
La señora, sin
vacilar, contesta: “Ud. Jovencito es muy astuto pero la respuesta es muy fácil,
¡la primera tortuga se apoya sobre un número infinito de tortugas!”.
La respuesta no
sólo es ingeniosa sino que también toca el problema de la inconsistencia del
Otro y a la no clausura ni unificación del universo del discurso. Esa falta de
consistencia no impide sin embargo continuar operando.
Por otra parte tuvimos de
presenciar hace ya muchos años una breve escena, desarrollada entre un niñito,
aproximadamente de 3 años y la mamá. El niños le pregunta a la mamá ¿Y calle
con que empieza? Con “C” le responde la mamá ¿Y auto con que empieza? Con “A”
contesta la madre ¿Y “A” con que empieza? Silencio de la mamá. Ahí el chiquito
señaló una falla en el Saber, expresó lo que se denomina un mitologema. Una pregunta sobre el
origen, que así como la muerte, barran al Saber. Para esto no importa si la
mamá hubiera eventualmente respondido: “con A”; de haber sido así podemos
imaginar una continuidad en la escena en la que el chico sigue preguntando
infinitamente “¿y esa otra A con que empieza?”. O que le hubiera contestado con
un mito al estilo de que la primera “A” fue la de Adán y esa la creo Dios.
Tampoco es
imposible imaginar otro desenlace, muy habitual por cierto, en el que la mamá
ante la recurrencia y para poder pasar a otras cosas, dice: ¡Basta!
relación a un significante privilegiado, designado como
Falo.
Sin poder avanzar
en una conceptualización más amplia resulta necesario indicar otro término que
forma parte de la lógica lacaniana: el objeto “a”.
El objeto “a”
designa el resto que se desprende de esa operación de constitución subjetiva,
un resto que no es especularizable ni simbolizable y que en esta lógica está
referido a los orificios o bordes del
cuerpo: ano, ojos, boca, oído, etc. El objeto “a” es prueba de alteridad.
Es posible concluir
que todo ese circuito está recorrido por la falta. La falta está en el origen.
Volvamos ahora a
los tiempos lógicos del complejo de Edipo para destacar un segundo momento
lógico en el que hay un giro muy importante en la consideración del deseo
de la madre.
Se trata de la
intervención de la ley en la escena imaginaria, de un modo menos velado que en
ese primer momento lógico.
La madre es
remitida ya no a su propia ley, que suponía esa suerte de ir y venir del
capricho, sino a aquél término que se presenta como soporte de la ley y que
remite a la función paterna.
Esto es lo que
conocemos como la fase privativa del Complejo de Edipo, aquí la palabra del
padre interviene sobre el discurso de la madre estableciendo una prohibición: “no reintegrarás tu producto”.
La castración, en
esta instancia recae sobre la madre. Es un momento clave porque el niño está
aquí puesto a elegir si rechaza o no la castración de la mamá. El rechazo
supone la identificación con el falo.
Por otra parte esta
elección no es absolutamente libre en tanto se da en una frase que ha sido
empezada por sus padres antes de su propio advenimiento.
En este segundo
tiempo lógico y bajo estas premisas la función paterna conmueve al niñito y lo
hace tambalear en su condición de
súbdito de la corona materna.
En el caso que al
chico le llegue la cédula de desalojo de la posición de falo de la mamá (porque
no rechazó la castración materna y porque están dadas una serie de condiciones
para que esto ocurra) se produce un nuevo giro en esta dialéctica.
El padre demuestra
que el falo lo tiene, que no lo es. El padre que rivaliza con el
hijo por el amor de su mujer se encuentra del lado de que lo es, lo cual complica para
el hijo la salida del proceso.
Si interviene como
el que tiene el falo se reinstaura
esa instancia del falo como objeto deseado de la madre y se posibilita la
identificación con el padre. Esa identificación que corresponde al campo de
problemas del significante, en el caso del niño, queda en reserva posibilitando
en el futuro una significación relativa a la virilidad.
En el caso de la
niñita, en la salida del Edipo no se confronta con esa identificación ni debe
conservarla a título de virilidad. Sabe donde está eso así como dónde ir a
buscarlo y se dirige hacia quien lo tiene. De ahí que la feminidad tiene
siempre esa dimensión cifrada, como la de una coartada que alude a la hendidura
de un enigma.
viernes, 26 de octubre de 2012
Hurbinek
Hurbinek
por Miguel Lares
En Auschwitz, Levi había ya hecho la experiencia de esforzarse por escuchar e interpretar un balbuceo inarticulado, algo como un no lenguaje, o un lenguaje mutilado y oscuro. Fue en los días subsiguientes a la liberación, cuando los rusos transfirieron a los supervivientes de Buna al "Campo Grande" de Auschwitz. Aquí la atención de Levi se sintió atraída de forma súbita por un niño al que los deportados llamaban Hurbinek.
Hurbinek no era nadie, un hijo de la muerte, un hijo de Auschwitz. Parecía tener unos tres años, ninguno sabía nada de él, no sabía hablar y no tenía nombre: ese curioso nombre de Hurbinek se lo habíamos dado nosotros, puede que una de las mujeres, que había interpretado con aquellas sílabas uno de los sonidos inarticulados que el pequeño emitía de vez en cuando. Estaba paralizado de la cintura para abajo, y tenía las piernas atrofiadas, delgadas como palillos; pero sus ojos, perdidos en su cara triangular y demacrada, emitían destellos terriblemente vivos, cargados de súplica, de afirmación de la voluntad de desencadenarse. de romper la tumba de su mutismo. palabra que le faltaba y que nadie se había preocupado por enseñarle, la necesidad de la palabra, afloraba en su mirada con explosiva exigencia... (Levi 4, p. 21).
Pero a partir de un cierto momento, Hurbinek empieza a repetir incesantemente una palabra, que nadie del campo consigue entender, y que Levi transcribe dubitativamente como massklo o matisklo:
En la noche aguzábamos el oído: era verdad, desde el rincón de Hurbinek nos llegaba de vez en cuando un sonido, una palabra. No siempre era exactamente igual, en realidad, pero era una palabra articulada, con toda seguridad; o, mejor dicho, palabras articuladas ligeramente diferentes, variaciones experimentales en torno a un tema, a una raíz, quizás a un nombre (Ibid, p. 22).
Todos escuchaban y trataban de descifrar ese sonido, ese vocabulario incipiente: pero aunque todas las lenguas europeas estaban representadas en el campo, la palabra de Hurbinek permanece obstinadamente secreta:
No, no era desde luego un mensaje, ni una revelación: puede que fuera su nombre, si es que alguna vez había tenido alguno; puede (según una de nuestras hipótesis) que quisiera decir "comer" o "pan"; o tal vez "carne", en bohemio, como sostenía con buenos argumentos uno de nosotros que conocía esta lengua... Hurbinek, el sin nombre, cuyo minúsculo antebrazo llevaba la marca del tatuaje de Auschwitz; Hurbinek murió en los primeros días de marzo de 1945, libre pero no redimido. Nada queda de él: testimonia por medio de estas palabras mías (Ibid, pp. 22-23).
Es posible que fuera esta palabra secreta lo que Levi sentía perderse en el fondo de la poesía de Celan. Pero en Auschwitz se había esforzado, en todo caso, por escuchar lo no testimoniado, por recoger su palabra secreta: mass-klo, matisklo. Quizás toda palabra, toda escritura nace, en este sentido, como testimonio. Y por esto mismo aquello de lo que testimonia no puede ser ya lengua, no puede ser ya escritura: puede ser sólo lo intestimoniado. Éste es el sonido que nos llega de la laguna, la no lengua que se habla a solas, de la que la lengua responde, en la que nace la lengua. Y es la naturaleza de eso no testimoniado, su no lengua, aquello sobre lo que es preciso interrogarse.
1.15. Hurbinek no puede testimoniar, porque no tiene lengua (la palabra que profiere es un sonido incierto y privado de sentido: mass-klo o matisklo). Y, sin embargo, "testimonia a través de estas palabras mías". Pero tampoco el superviviente puede testimoniar integralmente, decir la propia laguna. Eso significa que el testimonio es el encuentro entre dos imposibilidades de testimoniar; que la lengua, si es que pretende testimoniar, debe ceder su lugar a una no lengua, mostrar la imposibilidad de testimoniar. La lengua del testimonio es una lengua que ya no significa, pero que, en ese su no significar, se adentra en lo sin lengua hasta recoger otra insignificancia, la del testigo integral, la del que no puede prestar testimonio. No basta, pues, para testimoniar, llevar la lengua hasta el propio no sentido, hasta la pura indeterminación de las letras (ma-s-s-k-l-o, m-a-t-i-s-k-l-o); es preciso que este sonido despojado de sentido sea, a su vez, voz de algo o de alguien que por razones muy diferentes no puede testimoniar. O, por decirlo de otra manera, la imposibilidad de testimoniar, la "laguna" que constituye la lengua humana, se desploma sobre ella misma para dar paso a otra imposibilidad de testimoniar: la del que no tiene lengua.
La huella, que la lengua cree transcribir a partir de lo intestimoniado, no es su palabra. Es la palabra de la lengua, la que nace cuando la lengua no está ya en sus inicios, baja de punto para -sencillamente- testimoniar: "no era luz, pero estaba para dar testimonio de la luz".
(Extraído de LO QUE QUEDA DE AUSCHWITZ El archivo y el testigo HOMO SACER III Giorgio Agamben Editorial PRE‑TEXTOS)
lunes, 13 de febrero de 2012
Marcel Marceau
Marcel Marceau escenificaba un sketch en el que mimaba las clásicas máscaras del teatro: la comedia y la tragedia. La escena transcurría en una sucesión de alternancia de dichos “gestos/máscara”, sucesión que gradualmente iba acelerándose. Finalmente, en la última escena Marceau intentaba, sin conseguirlo, sacarse el “mimo” de la máscara de la sonrisa. Esa última parte del sketch mostraba la desesperación de alguien que no logra sacarse una máscara. No es infrecuente encontrar chicos que tienen una dificultad aparente pero notoria con relación a sacarse la ropa, dificultad que no necesariamente se corresponde con una incoordinación motora orgánica o en alguna disfunción neurológica.
Jorge Fukelman, anexo del Escolio "La máscara adosada", Cap, IV de "Conversaciones con Jorge Fukelman. Psicoanálisis: juego e infancia" de Paula de Gainza y Miguel Lares
A continuación el video en el que Marcel Marceau pone en escena el sketch mencionado.
Jorge Fukelman, anexo del Escolio "La máscara adosada", Cap, IV de "Conversaciones con Jorge Fukelman. Psicoanálisis: juego e infancia" de Paula de Gainza y Miguel Lares
A continuación el video en el que Marcel Marceau pone en escena el sketch mencionado.
lunes, 6 de febrero de 2012
Niños con máscaras alusivas al entierro del diablo
Niños con máscaras alusivas al entierro del diablo
Tilcara (Jujuy, Argentina)
Archivos de Gainza & Lares (2005)
El gesto del acto en la latencia
En la latencia predomina el gesto, ligado a la máscara.
Un gesto es un acto en el cual la acción no se cumple.
Un gesto amenazante no es igual a golpear. Golpear es lo que no ocurre cuando se trata de un gesto.
En la latencia, la acción que atañe a la escena del juego no se realiza como acto sino como gesto de acto
(Escolios, cap. IV pág. 87)
Tilcara (Jujuy, Argentina)
Archivos de Gainza & Lares (2005)
El gesto del acto en la latencia
En la latencia predomina el gesto, ligado a la máscara.
Un gesto es un acto en el cual la acción no se cumple.
Un gesto amenazante no es igual a golpear. Golpear es lo que no ocurre cuando se trata de un gesto.
En la latencia, la acción que atañe a la escena del juego no se realiza como acto sino como gesto de acto
(Escolios, cap. IV pág. 87)
jueves, 2 de febrero de 2012
Gruta de Lascaux
"Le panneau de l'homme blessé"
En uno de los escolios del capítulo IV el Dr. Fukelman hace referencia a una de las pinturas de la Gruta de Lascaux ("Le panneau de l'homme blessé").
En la sitio web que el Ministerio de Cultura de Francia ha diseñado sobre la gruta, se puede efectuar un paseo virtual al interior de la misma.
En uno de los escolios del capítulo IV el Dr. Fukelman hace referencia a una de las pinturas de la Gruta de Lascaux ("Le panneau de l'homme blessé").
En la sitio web que el Ministerio de Cultura de Francia ha diseñado sobre la gruta, se puede efectuar un paseo virtual al interior de la misma.
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