viernes, 26 de octubre de 2012

Hurbinek

Hurbinek
por Miguel Lares

En Auschwitz, Levi había ya hecho la experiencia de esforzarse por escuchar e interpretar un balbuceo inarticulado, algo como un no lenguaje, o un lenguaje mutilado y oscuro. Fue en los días subsiguientes a la liberación, cuando los rusos transfirieron a los supervivientes de Buna al "Campo Grande" de Auschwitz. Aquí la atención de Levi se sintió atraída de forma súbita por un niño al que los deportados llamaban Hurbinek.
Hurbinek no era nadie, un hijo de la muerte, un hijo de Auschwitz. Parecía tener unos tres años, ninguno sabía nada de él, no sabía hablar y no tenía nombre: ese curioso nombre de Hurbinek se lo habíamos dado nosotros, puede que una de las mujeres, que había interpretado con aquellas sílabas uno de los sonidos inarticulados que el pequeño emitía de vez en cuando. Estaba paralizado de la cintura para abajo, y tenía las piernas atrofiadas, delgadas como palillos; pero sus ojos, perdidos en su cara triangular y demacrada, emitían destellos terriblemente vivos, cargados de súplica, de afirmación de la voluntad de desencadenarse. de romper la tumba de su mutismo. palabra que le faltaba y que nadie se había preocupado por enseñarle, la necesidad de la palabra, afloraba en su mirada con explosiva exigencia... (Levi 4, p. 21).
Pero a partir de un cierto momento, Hurbinek empieza a repetir incesantemente una palabra, que nadie del campo consigue entender, y que Levi transcribe dubitativamente como massklo o matisklo:
En la noche aguzábamos el oído: era verdad, desde el rincón de Hurbinek nos llegaba de vez en cuando un sonido, una palabra. No siempre era exactamente igual, en realidad, pero era una palabra articulada, con toda seguridad; o, mejor dicho, palabras articuladas ligeramente diferentes, variaciones experimentales en torno a un tema, a una raíz, quizás a un nombre (Ibid, p. 22).
Todos escuchaban y trataban de descifrar ese sonido, ese vocabulario incipiente: pero aunque todas las lenguas europeas estaban representadas en el campo, la palabra de Hurbinek permanece obstinadamente secreta:
No, no era desde luego un mensaje, ni una revelación: puede que fuera su nombre, si es que alguna vez había tenido alguno; puede (según una de nuestras hipótesis) que quisiera decir "comer" o "pan"; o tal vez "carne", en bohemio, como sostenía con buenos argumentos uno de nosotros que conocía esta lengua... Hurbinek, el sin nombre, cuyo minúsculo antebrazo llevaba la marca del tatuaje de Auschwitz; Hurbinek murió en los primeros días de marzo de 1945, libre pero no redimido. Nada queda de él: testimonia por medio de estas palabras mías (Ibid, pp. 22-23).
Es posible que fuera esta palabra secreta lo que Levi sentía perderse en el fondo de la poesía de Celan. Pero en Auschwitz se había esforzado, en todo caso, por escuchar lo no testimoniado, por recoger su palabra secreta: mass-klo, matisklo. Quizás toda palabra, toda escritura nace, en este sentido, como testimonio. Y por esto mismo aquello de lo que testimonia no puede ser ya lengua, no puede ser ya escritura: puede ser sólo lo intestimoniado. Éste es el sonido que nos llega de la laguna, la no lengua que se habla a solas, de la que la lengua responde, en la que nace la lengua. Y es la naturaleza de eso no testimoniado, su no lengua, aquello sobre lo que es preciso interrogarse.
1.15. Hurbinek no puede testimoniar, porque no tiene lengua (la palabra que profiere es un sonido incierto y privado de sentido: mass-klo o matisklo). Y, sin embargo, "testimonia a través de estas palabras mías". Pero tampoco el superviviente puede testimoniar integralmente, decir la propia laguna. Eso significa que el testimonio es el encuentro entre dos imposibilidades de testimoniar; que la lengua, si es que pretende testimoniar, debe ceder su lugar a una no lengua, mostrar la imposibilidad de testimoniar. La lengua del testimonio es una lengua que ya no significa, pero que, en ese su no significar, se adentra en lo sin lengua hasta recoger otra insignificancia, la del testigo integral, la del que no puede prestar testimonio. No basta, pues, para testimoniar, llevar la lengua hasta el propio no sentido, hasta la pura indeterminación de las letras (ma-s-s-k-l-o, m-a-t-i-s-k-l-o); es preciso que este sonido despojado de sentido sea, a su vez, voz de algo o de alguien que por razones muy diferentes no puede testimoniar. O, por decirlo de otra manera, la imposibilidad de testimoniar, la "laguna" que constituye la lengua humana, se desploma sobre ella misma para dar paso a otra imposibilidad de testimoniar: la del que no tiene lengua.
La huella, que la lengua cree transcribir a partir de lo intestimoniado, no es su palabra. Es la palabra de la lengua, la que nace cuando la lengua no está ya en sus inicios, baja de punto para -sencillamente- testimoniar: "no era luz, pero estaba para dar testimonio de la luz".

(Extraído de LO QUE QUEDA DE AUSCHWITZ El archivo y el testigo HOMO SACER III Giorgio Agamben Editorial PRE‑TEXTOS)

lunes, 13 de febrero de 2012

Marcel Marceau

Marcel Marceau escenificaba un sketch en el que mimaba las clásicas máscaras del teatro: la comedia y la tragedia. La escena transcurría en una sucesión de alternancia de dichos “gestos/máscara”, sucesión que gradualmente iba acelerándose. Finalmente, en la última escena Marceau intentaba, sin conseguirlo, sacarse el “mimo” de la máscara de la sonrisa. Esa última parte del sketch mostraba la desesperación de alguien que no logra sacarse una máscara. No es infrecuente encontrar chicos que tienen una dificultad aparente pero notoria con relación a sacarse la ropa, dificultad que no necesariamente se corresponde con una incoordinación motora orgánica o en alguna disfunción neurológica.

Jorge Fukelman, anexo del Escolio "La máscara adosada", Cap, IV de "Conversaciones con Jorge Fukelman. Psicoanálisis: juego e infancia" de Paula de Gainza y Miguel Lares 

A continuación el video en el que Marcel Marceau pone en escena el sketch mencionado.


lunes, 6 de febrero de 2012

Niños con máscaras alusivas al entierro del diablo

Niños con máscaras alusivas al entierro del diablo
Tilcara (Jujuy, Argentina)
Archivos de Gainza & Lares (2005)




El gesto del acto en la latencia

En la latencia predomina el gesto, ligado a la máscara.

Un gesto es un acto en el cual la acción no se cumple.

Un gesto amenazante no es igual a golpear. Golpear es lo que no ocurre cuando se trata de un gesto.

En la latencia, la acción que atañe a la escena del juego no se realiza como acto sino como gesto de acto

(Escolios, cap. IV pág. 87)

jueves, 2 de febrero de 2012

Gruta de Lascaux

"Le panneau de l'homme blessé"


En uno de los escolios del capítulo IV el Dr. Fukelman hace referencia a una de las pinturas de la Gruta de Lascaux ("Le panneau de l'homme blessé").


En la sitio web que el Ministerio de Cultura de Francia ha diseñado sobre la gruta, se puede efectuar un paseo virtual al interior de la misma.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Una conversación con Philippe Ariès

En el capítulo II "Historicidad y estructura" se hace mención a ciertas diferencias entre los grupos familiares del pre y post-industrialismo.

Algunas referencias de esa temática abrevaron en el documento Dolto Françoise (1977) “Une conversation avec Philippe Ariès”. Macroscopy, France- Culture, que forma parte de la bibliografía de "Conversaciones con Jorge Fukelman. Psicoanálisis: Juego e infancia", cuya traducción aquí presentamos.


(Françoise Dolto) Una conversación con Philippe Ariès.pdf

viernes, 9 de diciembre de 2011

No tengo que transformarlo en juego

Por Cynthia Eva Szewach

Gratas tardes charlando tomaron forma de libro.
Leemos. Lectura de sorbos, de saltos, a veces en continuidad placentera.
Otras, nos encuentra deteniéndonos en las distintas complejidades, practicadas en términos aparentemente sencillos, pausados, hilados cuidadosamente.
A veces andamos sin rumbo prefijado, guiados por el ritmo que propicia una libertad asociativa.
Recibimos el recorrido que con generosidad proponen quienes hablan/escriben, escriben/dicen.
A veces podemos oler el café servido en ceremonia atenta para la obertura a la reunión, que palpamos en el texto.
Ambicionamos como lectores agregarnos al terceto reunido zapando entre anacrusas y resonancias y reflexiones muy trabajadas. Nos sorprenden al leer solfeando con las manos.
Imaginamos, por otra parte, que las palabras han sido escuchadas una y otra vez, y luego, encontradas en el papel.
Que no se pierda la voz.
Se desafía en el texto lo irremediablemente perdido y, sin embargo es desde aquella morada, desde donde se hace pasar esa voz.
La pérdida es la de la marca, nos va diciendo Jorge Fukelman, en sus temas, que las charlas van situando: el cuerpo, la imagen, el espejo, el laleo, el cuadro, la ausencia…
No se trata de transformarlo en escrito sino decir que se está escribiendo.
Conversaciones, un arte. El diálogo, una disponibilidad que campea lo imposible. Preguntas, un desprendimiento. Paula de Gainza y Miguel Lares, (les estamos agradecidos), ingresan en las tres dimensiones, mientras saben que lo que se está produciendo es un enlace de viajantes que testimoniaran su travesía y que legarán al psicoanálisis su bitácora. Un testimonio del eslabón que Jorge Fukelman, establece en la historia del psicoanálisis en Argentina y en especial en la práctica con niños.
Al mismo tiempo, los autores susurran entre paréntesis para quien quiera oír o quiera detener su paso en estaciones que despejen o acentúen un concepto, un minucioso trabajo de la nota que hace pie.
Como siempre, Jorge Fukelman, hace pasar sus vastas lecturas, por su decir personal, hace de la cita un festín propio. Si bien la pregunta acerca de la existencia de un analista, no se elude (¿existe un analista?), acentúa como siempre que lo que se produzca lo que se interrogue, se dirá desde lo que está en el analista. No gambetea jamás la pregunta por el cuerpo, por la fantasía y por el goce. Incluye siempre lo que le atañe, esa palabra que tanto insiste en su hablar.
Leemos, aquello que se escribe de lo que se escucha.
Así como también leemos el valor de deletrear en esa escucha lo que el niño “Tratará de leer con su cuerpo” y “El cuerpo como comentador de las letras parentales reprimidas”
La digresión y el desvío como puesta en acto del inconsciente. El silencio, la pausa, el semi-decir, la metáfora, como puesta en acto de la falta puesta en juego.
Sus intereses y su política abrevan en el barro de la práctica analítica misma, las preocupaciones por sus pacientes y lo que del día le cuenta al día.
El compromiso con la época, las figuras de exclusión y segregación de su tiempo, los momentos por el que atraviesa la cultura y en especial los efectos que portamos de la historia que atravesó nuestro país, son plasmados en las respuestas una y otra vez.
Escudriñar lo singular, lo de cada uno, y en tono de respeto amable, no es jerga en su pluma oral. Es una ética practicada.
Lo perecedero interrumpió una palabra. Pero el libro “Conversaciones con Jorge Fukelman”, como diría Juarroz, es uno de esos momentos, en los que el hilo de la ausencia no deshace el tejido.

martes, 22 de noviembre de 2011

El juego precede al niño



Conversaciones con Jorge Fukelman. Psicoanálisis: juego e infancia. Presentación Feria del Libro de Mar del Plata

Por Miguel Lares


Ante todo un agradecimiento al querido Leonardo Vera, cuyos buenos oficios permiten que hoy estemos aquí, y con quien nos une una amistad cuyas raíces perduran firmes desde tiempos que hoy parecen remotos, ligadas a un lugar que ha quedado instituido para ambos como barrio de la infancia.

Dos especiales y cálidas menciones: una dedicada a Marcelo Izaguirre y a su amistosa disposición para venir desde Buenos Aires a participar de esta presentación así como a la amiga y colega Marina di Carlo quien generosamente nos ha acompañado en este viaje de una sola jornada.

Compromisos contraídos previamente le han impedido a la Dra. Paula de Gainza, coautora de “Conversaciones”, estar hoy con nosotros.

Este libro fue presentado el 17 de setiembre de este año en Buenos Aires en la Sala Juan L. Ortiz de la Biblioteca Nacional. Desde ese momento hasta aquí hemos podido recoger algunos testimonios de quienes han incursionado en su lectura.

Han sido diversos los comentarios.
Algunos de ellos, esperables, de psicoanalistas que se dedican a la atención de niños y púberes y que también se ocupan de la formación de profesionales dedicados a esa área. Y también de otras personas, que no se dedican al psicoanálisis, que se han dejado llevar por la lectura de “Conversaciones”, sin que la especificidad de la materia que hay en juego los haya detenido. Y entendemos que eso ha sido así porque este libro está constituido en capas de diversa complejidad, que convocan distintos intereses o propósitos, pero que en todos los casos invita a proseguir.

El núcleo duro de esta obra lo constituye una seria reflexión sobre clínica y teoría psicoanalítica en el campo de la infancia y la pubertad, siendo su declaración más contundente la referida al papel estructurante, constitutivo, del juego en una escena posible de la infancia.

Cito un fragmento del libro en el que el Dr. Fukelman alude a esta cuestión:
“Lo que pasa es que yo pienso que el juego precede al niño. Con la diferencia del caso, del mismo modo en que puede decirse: el lenguaje, la lengua precede al sujeto. Es un niño porque hay una dimensión de juego que lo sostiene como tal; aunque pudiera ocurrir que yo no entienda esa dimensión del juego”.

Por otra parte comentábamos, durante la presentación en la Biblioteca Nacional, que nos complacía pensar que este libro tiene que ver con la música y que la invitación al registro de la voz del Dr. Fukelman había sido planteada usando el paradigma de un acontecimiento musical.

Y es sobre la música la primera referencia con la que comienza este libro. Sobre música y perfume, como algo que reviste un carácter sorpresivo, como si se tratara de la irrupción de una cierta presencia.

No es sencilla esa disposición para dejarse tomar por las sorpresas. Cuando alguien se dispone a hablar en un análisis, concede esa posibilidad: quedar librado a la sorpresa.

El proceso de esta obra tuvo desde el comienzo ese carácter: lo inesperado se desplegó.

Pero claro, esa disposición, tan cara al maestro Fukelman, implicaba “desamarrarse” y “desarrumarse”, dos palabras de connotaciones portuarias, muy evocativas de la ciudad en la que estamos.

“Desamarrarse” de prejuicios, modelos y modalidades académicas.

“Desarrumarse” de ciertas demandas de saber que no suelen ser más que demandas amorosas, en esa vertiente “amortajante” del amor más propia de los ensueños diurnos.

“Las uvas viejas de un amor en el placard, son esas cosas que te están amortajando” canta la interpretación de Pescado Rabioso desde la poesía de Spinetta.

Este libro no reúne clases magistrales, más bien conlleva la traza de algo que se encuentra en construcción, y que deja planteadas más preguntas que respuestas.

Luego de realizada la presentación que hiciéramos en la Biblioteca Nacional, advertimos otra cuestión que nos pareció interesante.

Marina di Carlo, a cargo de una de las disertaciones, subrayó el entusiasmo provocado por una modalidad de transmisión, esta que era característica de Fukelman y que ustedes advertirán si se disponen a la lectura de “Conversaciones”.

Destacábamos en ese mismo evento, cierta incomodidad que podía suponer confrontarse de continuo con ese estilo que prefería una evitación cuidadosa del saber académico.

Entusiasmo e incomodidad no se excluyen. De hecho, todos sabemos que suelen conjugarse en el fenómeno amoroso, en su vía deseante, al punto que uno podría preguntarse: sin entusiasmo y sin incomodidad ¿Hay amor?

Incomodidad y entusiasmo pueden revelar además una cruda confrontación con la singularidad, que es como decir: con las dificultades y las posibilidades propias.

Y así fue como con entusiasmo fuimos atravesando esta experiencia de las conversaciones, una experiencia que se transitó sin promesas respecto de los resultados.

Y no con poca incomodidad fuimos intentando transformar en escrito esa musicalidad a la que nos referíamos. Esos ritmos y silencios, cadencias y medidas, propios de un peculiar estilo de transmisión, el de nuestro estimado interlocutor, el Dr. Jorge Fukelman.