Marcel Marceau escenificaba un sketch en el que mimaba las clásicas máscaras del teatro: la comedia y la tragedia. La escena transcurría en una sucesión de alternancia de dichos “gestos/máscara”, sucesión que gradualmente iba acelerándose. Finalmente, en la última escena Marceau intentaba, sin conseguirlo, sacarse el “mimo” de la máscara de la sonrisa. Esa última parte del sketch mostraba la desesperación de alguien que no logra sacarse una máscara. No es infrecuente encontrar chicos que tienen una dificultad aparente pero notoria con relación a sacarse la ropa, dificultad que no necesariamente se corresponde con una incoordinación motora orgánica o en alguna disfunción neurológica.
Jorge Fukelman, anexo del Escolio "La máscara adosada", Cap, IV de "Conversaciones con Jorge Fukelman. Psicoanálisis: juego e infancia" de Paula de Gainza y Miguel Lares
A continuación el video en el que Marcel Marceau pone en escena el sketch mencionado.
En el capítulo II "Historicidad y estructura" se hace mención a ciertas diferencias entre los grupos familiares del pre y post-industrialismo.
Algunas referencias de esa temática abrevaron en el documento Dolto Françoise (1977) “Une conversation avec Philippe Ariès”. Macroscopy, France- Culture, que forma parte de la bibliografía de "Conversaciones con Jorge Fukelman. Psicoanálisis: Juego e infancia", cuya traducción aquí presentamos.
Por Cynthia Eva Szewach Gratas tardes charlando tomaron forma de libro. Leemos. Lectura de sorbos, de saltos, a veces en continuidad placentera. Otras, nos encuentra deteniéndonos en las distintas complejidades, practicadas en términos aparentemente sencillos, pausados, hilados cuidadosamente. A veces andamos sin rumbo prefijado, guiados por el ritmo que propicia una libertad asociativa. Recibimos el recorrido que con generosidad proponen quienes hablan/escriben, escriben/dicen. A veces podemos oler el café servido en ceremonia atenta para la obertura a la reunión, que palpamos en el texto. Ambicionamos como lectores agregarnos al terceto reunido zapando entre anacrusas y resonancias y reflexiones muy trabajadas. Nos sorprenden al leer solfeando con las manos. Imaginamos, por otra parte, que las palabras han sido escuchadas una y otra vez, y luego, encontradas en el papel. Que no se pierda la voz. Se desafía en el texto lo irremediablemente perdido y, sin embargo es desde aquella morada, desde donde se hace pasar esa voz. La pérdida es la de la marca, nos va diciendo Jorge Fukelman, en sus temas, que las charlas van situando: el cuerpo, la imagen, el espejo, el laleo, el cuadro, la ausencia… No se trata de transformarlo en escrito sino decir que se está escribiendo. Conversaciones, un arte. El diálogo, una disponibilidad que campea lo imposible. Preguntas, un desprendimiento. Paula de Gainza y Miguel Lares, (les estamos agradecidos), ingresan en las tres dimensiones, mientras saben que lo que se está produciendo es un enlace de viajantes que testimoniaran su travesía y que legarán al psicoanálisis su bitácora. Un testimonio del eslabón que Jorge Fukelman, establece en la historia del psicoanálisis en Argentina y en especial en la práctica con niños. Al mismo tiempo, los autores susurran entre paréntesis para quien quiera oír o quiera detener su paso en estaciones que despejen o acentúen un concepto, un minucioso trabajo de la nota que hace pie. Como siempre, Jorge Fukelman, hace pasar sus vastas lecturas, por su decir personal, hace de la cita un festín propio. Si bien la pregunta acerca de la existencia de un analista, no se elude (¿existe un analista?), acentúa como siempre que lo que se produzca lo que se interrogue, se dirá desde lo que está en el analista. No gambetea jamás la pregunta por el cuerpo, por la fantasía y por el goce. Incluye siempre lo que le atañe, esa palabra que tanto insiste en su hablar. Leemos, aquello que se escribe de lo que se escucha. Así como también leemos el valor de deletrear en esa escucha lo que el niño “Tratará de leer con su cuerpo” y “El cuerpo como comentador de las letras parentales reprimidas” La digresión y el desvío como puesta en acto del inconsciente. El silencio, la pausa, el semi-decir, la metáfora, como puesta en acto de la falta puesta en juego. Sus intereses y su política abrevan en el barro de la práctica analítica misma, las preocupaciones por sus pacientes y lo que del día le cuenta al día. El compromiso con la época, las figuras de exclusión y segregación de su tiempo, los momentos por el que atraviesa la cultura y en especial los efectos que portamos de la historia que atravesó nuestro país, son plasmados en las respuestas una y otra vez. Escudriñar lo singular, lo de cada uno, y en tono de respeto amable, no es jerga en su pluma oral. Es una ética practicada. Lo perecedero interrumpió una palabra. Pero el libro “Conversaciones con Jorge Fukelman”, como diría Juarroz, es uno de esos momentos, en los que el hilo de la ausencia no deshace el tejido.
Conversaciones con Jorge Fukelman. Psicoanálisis: juego e infancia. Presentación Feria del Libro de Mar del Plata
Por Miguel Lares
Ante todo un agradecimiento al querido Leonardo Vera, cuyos buenos oficios permiten que hoy estemos aquí, y con quien nos une una amistad cuyas raíces perduran firmes desde tiempos que hoy parecen remotos, ligadas a un lugar que ha quedado instituido para ambos como barrio de la infancia.
Dos especiales y cálidas menciones: una dedicada a Marcelo Izaguirre y a su amistosa disposición para venir desde Buenos Aires a participar de esta presentación así como a la amiga y colega Marina di Carlo quien generosamente nos ha acompañado en este viaje de una sola jornada.
Compromisos contraídos previamente le han impedido a la Dra. Paula de Gainza, coautora de “Conversaciones”, estar hoy con nosotros.
Este libro fue presentado el 17 de setiembre de este año en Buenos Aires en la Sala Juan L. Ortiz de la Biblioteca Nacional. Desde ese momento hasta aquí hemos podido recoger algunos testimonios de quienes han incursionado en su lectura.
Han sido diversos los comentarios. Algunos de ellos, esperables, de psicoanalistas que se dedican a la atención de niños y púberes y que también se ocupan de la formación de profesionales dedicados a esa área. Y también de otras personas, que no se dedican al psicoanálisis, que se han dejado llevar por la lectura de “Conversaciones”, sin que la especificidad de la materia que hay en juego los haya detenido. Y entendemos que eso ha sido así porque este libro está constituido en capas de diversa complejidad, que convocan distintos intereses o propósitos, pero que en todos los casos invita a proseguir.
El núcleo duro de esta obra lo constituye una seria reflexión sobre clínica y teoría psicoanalítica en el campo de la infancia y la pubertad, siendo su declaración más contundente la referida al papel estructurante, constitutivo, del juego en una escena posible de la infancia.
Cito un fragmento del libro en el que el Dr. Fukelman alude a esta cuestión: “Lo que pasa es que yo pienso que el juego precede al niño. Con la diferencia del caso, del mismo modo en que puede decirse: el lenguaje, la lengua precede al sujeto. Es un niño porque hay una dimensión de juego que lo sostiene como tal; aunque pudiera ocurrir que yo no entienda esa dimensión del juego”.
Por otra parte comentábamos, durante la presentación en la Biblioteca Nacional, que nos complacía pensar que este libro tiene que ver con la música y que la invitación al registro de la voz del Dr. Fukelman había sido planteada usando el paradigma de un acontecimiento musical.
Y es sobre la música la primera referencia con la que comienza este libro. Sobre música y perfume, como algo que reviste un carácter sorpresivo, como si se tratara de la irrupción de una cierta presencia.
No es sencilla esa disposición para dejarse tomar por las sorpresas. Cuando alguien se dispone a hablar en un análisis, concede esa posibilidad: quedar librado a la sorpresa.
El proceso de esta obra tuvo desde el comienzo ese carácter: lo inesperado se desplegó.
Pero claro, esa disposición, tan cara al maestro Fukelman, implicaba “desamarrarse” y “desarrumarse”, dos palabras de connotaciones portuarias, muy evocativas de la ciudad en la que estamos.
“Desamarrarse” de prejuicios, modelos y modalidades académicas.
“Desarrumarse” de ciertas demandas de saber que no suelen ser más que demandas amorosas, en esa vertiente “amortajante” del amor más propia de los ensueños diurnos.
“Las uvas viejas de un amor en el placard, son esas cosas que te están amortajando” canta la interpretación de Pescado Rabioso desde la poesía de Spinetta.
Este libro no reúne clases magistrales, más bien conlleva la traza de algo que se encuentra en construcción, y que deja planteadas más preguntas que respuestas.
Luego de realizada la presentación que hiciéramos en la Biblioteca Nacional, advertimos otra cuestión que nos pareció interesante.
Marina di Carlo, a cargo de una de las disertaciones, subrayó el entusiasmo provocado por una modalidad de transmisión, esta que era característica de Fukelman y que ustedes advertirán si se disponen a la lectura de “Conversaciones”.
Destacábamos en ese mismo evento, cierta incomodidad que podía suponer confrontarse de continuo con ese estilo que prefería una evitación cuidadosa del saber académico.
Entusiasmo e incomodidad no se excluyen. De hecho, todos sabemos que suelen conjugarse en el fenómeno amoroso, en su vía deseante, al punto que uno podría preguntarse: sin entusiasmo y sin incomodidad ¿Hay amor?
Incomodidad y entusiasmo pueden revelar además una cruda confrontación con la singularidad, que es como decir: con las dificultades y las posibilidades propias.
Y así fue como con entusiasmo fuimos atravesando esta experiencia de las conversaciones, una experiencia que se transitó sin promesas respecto de los resultados.
Y no con poca incomodidad fuimos intentando transformar en escrito esa musicalidad a la que nos referíamos. Esos ritmos y silencios, cadencias y medidas, propios de un peculiar estilo de transmisión, el de nuestro estimado interlocutor, el Dr. Jorge Fukelman.
Somos lo que hemos leído, decía Borges. De allí el título, en el sentido que uno no hace más que ir de lectura en lectura. Aunque muchas veces sabemos cosas que no hemos leído, sino que hemos oído en una conversación. Y estas conversaciones que hoy nos convocan, además de hacer referencia a la práctica clínica, también hablan de las lecturas de Jorge Fukelman (y, vale decirlo, de las de Paula de Gainza y Miguel Lares) que sirven para evocar el campo de nuestra ignorancia. Años atrás escuché a Ricardo Piglia hablando de Manuel Puig. Comentaba que para escribir, Puig, tomó por ejemplo el Ulyses de Joyce, miró el libro y dijo, así está armado este libro. Siguiendo ese modelo se le ocurrió escribir Boquitas pintadas. Sobre el final de este libro, el entrevistado, alude a Georges Perec, y los entrevistadores informan en nota a pie de página (descuento que los pies de página son de ellos) que fue uno de los escritores más importantes de la literatura francesa del siglo XX (de la corriente llamada noveau roman). Y expresa Fukelman que él solía comentar un libro de Perec, donde dice “este libro está armado de este modo”. O sea, a mi me sirvió la lectura de estas conversaciones para enterarme, una vez más, de la afirmación de Macedonio Fernández, de que lo que tenía para decir era absolutamente original, que nadie lo había encontrado antes que él en otro lugar. Lo que Piglia decía de Puig, parece que Perec lo había dicho también, no sé referido a qué.
Luego he leído algo que quizás no sea una novedad absoluta: Fukelman señala que Lacan pensaba algo diferente respecto a la transmisión del psicoanálisis de lo que pensaba Freud. Pero respecto a la transmisión misma agrega algo interesante: que pensaba una cosa al comienzo y otra al final. Lo cual da lugar al pasaje de un cierto optimismo a un marcado pesimismo, pasaje que se produce en torno a la transmisión y también en relación con la clínica.
Señala, además, que para la transmisión se requiere de alguien dedicado al psicoanálisis. Y esto en términos de psicoanálisis me parece fundamental. Hace varios años critiqué la posición de un psicoanalista argentino, que decía que la transmisión se hacía por los textos. Él lo hacía para restar valor a la figura de Oscar Masotta como responsable de la enseñanza de Lacan en la Argentina. Me parece que esta afirmación de Fukelman, no deja lugar a dudas. No hay posibilidad de pensar el psicoanálisis, su transmisión, sin la figura del que transmite. Y en relación con ese tema creo que los autores coincidirían plenamente ya que reconocen en Fukelman a ese “alguien dedicado al psicoanálisis” para su transmisión. Como diría Jacques Ranciere en El maestro ignorante: “siempre nos instruimos escuchando a un hombre hablar”. Esa práctica de la sofistiquería, aludida por Masotta, fue llevada adelante por Fukelman y estos “alumnos”, al margen de las instituciones, son una prueba de ello, quizás bajo la idea que plantea Ranciére: “Un profesor no es más ni menos inteligente que otro hombre y presenta generalmente una gran cantidad de hechos para la observación del buscador. Y nunca ningún partido ni ningún gobierno, ningún ejército, ninguna escuela ni ninguna institución emancipará a persona alguna”.
El tema del optimismo/pesimismo del que había hablado respecto a la transmisión, reaparece cuando habla del goce sexual. Allí reitera que Freud era más optimista que Lacan en esa perspectiva. Que, así como al escribir el Malestar en la cultura Freud era pesimista, con relación a la satisfacción sexual era más optimista. Recordemos que cuando escribe el malestar en la cultura, Freud está discutiendo la posibilidad de acceder a una sociedad más justa, en la cual hubieran desaparecido los odios a partir de la equiparación o, cierta superación de la injusticia social. La conclusión pesimista de Freud era que no había lugar para la felicidad en la vida social, ya que esta era sólo un instante. En tanto que tenía cierta idea de que la gente podía llegar a mantener una vida sexual más o menos armoniosa con su pareja. Es famoso que se lo acusaba a Freud como casamentero: el caso más curioso sucedió con un discípulo suyo, Sandor Ferenczi. De todas maneras, no sé si Lacan era tan pesimista respecto a la satisfacción sexual, quiero decir, si tomamos la última producción en relación con el goce parece que allí se le podría atribuir la idea que en términos de satisfacción pulsional el sujeto siempre es feliz.
El capítulo cuatro lo denominan la falta puesta en juego (también descuento que los títulos de los diferentes apartados fueron una elección de los entrevistadores). Y esa falta está puesta en acto de entrada, allí mismo, cuando Fukelman dice que estuvo un poco exagerado, taxativo es la palabra que usa, al afirmar poco antes que los padres son un efecto del tratamiento. En ese sentido podría decirse que Fukelman aparece allí más como freudiano que como lacaniano, en el sentido que cuando leemos a Freud encontramos que durante toda su obra está corrigiendo posiciones anteriores y nos informa de ello, pero Lacan cuando ha cambiado de vía no nos dice nada.
Luego dirá que otra cosa a la que se había hecho referencia son las cuestiones sobre las que nada se sabía, hasta que “el psicoanálisis vino a meter las narices”. Lo que recuerda aquella afirmación de Borges de que los niños estaban todos bien, hasta la llegada de Freud y que, a partir de entonces, todos tenían problemas.
Es en relación con los niños que, en uno de los escolios, afirma tomar partido por la tesis de P. Aries respecto a la vida de los niños en la antigüedad y a partir de la revolución francesa. En verdad, creo que habría que matizar la verdad de Aries y que eso siempre depende, como hemos visto, de la lectura. Sin duda que un niño no es lo mismo a partir de la irrupción de la escuela primaria y su alojamiento allí, pero decir como hace Aries que el niño no tenía presencia en la antigüedad es algo que un psicoanalista inglés, Lloyd de Mause, ha discutido en otra historia referida a la infancia.
En el mismo escolio ha planteado algo con lo cual resulta más fácil acordar: no se deben plantear las cosas en términos de ser, ya que ello implicaría ubicar un lugar de saber acerca del sexo. Y, sabemos, el riesgo que se corre de deslizarse rápidamente del psicoanálisis a una erotología, donde se cree que se le puede enseñar a la gente como arreglárselas con su sexualidad. Recuerdo que Masotta decía que el psicoanálisis no era una erótica, que no se trata de explicar nada sobre el sexo, sino que al psicoanálisis le interesa la posición del sujeto frente al sexo (“Como lacanianos, no buscamos un saber sobre la sexualidad, sino la relación del saber con la sexualidad”). El analista no será el que sabe algo y el paciente no sabe nada sobre la sexualidad. La que siempre será más o menos incómoda, pero en la que cada cual se las arreglará como pueda. Fukelman lo dice de una manera contundente: “prueben decirle a un adolescente o a un chico cómo tiene que ser con la sexualidad y no tengan dudas que lograran potenciar e incrementar aquello por lo que fueron consultados”.
Ante una pregunta de Paula de Gainza, uno de los entrevistadores, sobre la precocidad y agravamiento de algunos síntomas, a pesar de que dice que no atiende el grupo de gente al cual se refiere la pregunta, Fukelman afirma algo que comprende a todos los sectores sociales cuando nos referimos a los padres de los adolescentes: los padres no saben qué hacer con ellos. Y ha respondido a los que consultan, ante ese no saber qué hacer, que lo que hay que hacer siempre depende de lo que le interese. Si le interesa haga algo, sino aplique el laissez faire, el famoso dejar hacer.
Finalmente hay un punto en el cual Fukelman habla de algo en lo cual tenía mucha experiencia, ya que alude a su trabajo en otros tiempos con chicos psicóticos en el Lugar, una institución que había armado con un grupo de amigos lacanianos en los comienzos. Al referirse a los chicos con problemas, dirá que a veces fallan los resortes simbólicos cuando el chico grita, por eso cuando un padre o madre dice que el chico le grita, Fukelman siempre interroga a quién le grita, ya que una cosa es que le grite a lo simbólico y muy distinto cuando le grita a lo real. Ya que en general, lo real no responde. Esta afirmación me hizo tener presente una experiencia personal: en el pasillo de un edificio, hay un chico con características particulares y siempre se escucha, al pasar uno o él por los pasillos, que el chico grita pero a pesar de los esfuerzos del padre, nunca hay nadie que responda.